15/04/2020
El amor perdió sentido en el camino. Comprobé que ni Hollywood, ni Disney, ni la definición de los diccionarios, ni lo que dice la biblia, ni los besos repartidos en la cama que compartimos por tres años, ni los labios de un de un desconocido mientras bailo en un bar, ni las historias de todas esas amigas que creen que lo han encontrado y que van por la vida con la frente en alto porque se reconocen amadas, son la respuesta.
Lo comprobé al despertar un día sintiéndome una extraña en mi propio cuerpo porque había drenado todo lo que sentía por ti, al encontrarme de pronto viviendo una vida que te quería fuera, al reconocer que ya nada despertaba todo lo que un día fue fuego al tacto. Intenté pensar que el cariño es también amor y puse gomas de mascar en las grietas pensando en que serían pegamento permanente. Postergué lo inevitable porque una se acostumbra a una cama para dos personas y temía la soledad que representaría el lado frío de un par de sábanas: me asustaba más a eso que a tu ausencia. A todos los platillos que sé cocinar para dos, al juego de tazas que se vería tan extraño en nuestra mesa por las mañanas cuando solo uno se llenara de café. A mi vida racionada con la tuya, repartida en pedazos que encajan tan bien con tus tiempos: lo ordené todo para que fuéramos dos piezas y no sé ser un rompecabezas sin ti.
Amor se perdió. Amor se gastó después de todas las veces que te puse ese nombre. Amor se quebró en trizas cuando te confesé que no podía continuar. Amor es lo que me gritaste que nunca aprendí a conocer. Amor es lo que te juré y que simplemente se disolvió en agua como si de algodón se tratara.
Creé una garganta de algodón, querido desamor. Pero no estaba lista para tener que absorberte. No todavía.