07/11/2023
Oh vastedad! Que me haces volver a la piel de quienes quiero. Quizás para no pensar en el destino.
Crecí en Colonia Alicia, ubicada en Misiones y a las costas del río Uruguay. El portugués fue mí primera lengua y la colonia se dividía en dos. Alicia Alta y Alicia Baja. Yo viví en Alicia Baja y no había más de 50 o 70 familias.
La mayoría, descendientes de Alemanes. Ese fue mí mundo. Había tipos como Centurio Flecha, dueño de un bar/hotel donde descansaban el chófer y el guarda que viajaban a veces 7 horas para hacer 120 km.
Centurio Flecha era un hombre robusto, de patilla y bigotes, moreno de ojos verdes. Un hombre con un carácter alegre y apacible y una mirada profunda y tensa que hacía que cualquier viviente lo tomara en serio.
Mis abuelos eran comerciantes y frente a su negocio por las mañanas paraban camionetas, tractores, bicicletas y carros tirados por bueyes. En invierno, hasta las 11 había niebla espesa y mí abuelo desde la seis de la mañana religiosamente abría su almacén de ramos generales, ponía cartones para que la mugre del barro no fuera tanta y prendía su estufa a querosene mientras leía el diario del día anterior, que a veces llegaba de noche.
En ese negocio tenía de todo. Cadenas, clavos, alimentos y hasta ropa y carne. Tenía un depósito donde iban quedando las cosas que no fueron vendidas. Y ahí pasaba horas hurgando y aprendí el arte del sigilo cuando entraba al negocio mientras mí abuelo dormía la siesta y me afanaba un buen chocolate sin hacer ningún tipo de ruido. O eso creía. Lo que extraño de ese lugar ya no está. Aunque todavía pienso en ese lugar cuando me pienso niño y s**o fotos de adulto.
Foto: Mar del Plata 2019
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