26/07/2025
El Evangelio que vino a quedarse
No fue solo palabra. Fue estructura. El Evangelio llegó a nuestras tierras como promesa de salvación, pero también como herramienta de orden. No preguntó por nuestras memorias, sino que las clasificó. No escuchó nuestros cantos, sino que los tradujo en dogma. Y así, poco a poco, se convirtió en modelo: de familia, de trabajo, de obediencia.
La cruz no vino sola. Trajo consigo el Estado, el mercado, la escuela, el reloj. Nos enseñaron a rezar, pero también a producir. A confesar, pero también a competir. El Evangelio se volvió engranaje del capitalismo, justificando el sufrimiento como redención, la pobreza como virtud, la obediencia como fe.
En nombre de Dios, se borraron dioses. En nombre del alma, se domesticó el cuerpo. Y en nombre del amor, se impuso el miedo. Las comunidades indígenas fueron evangelizadas no solo en sus creencias, sino en sus formas de vivir, de amar, de organizarse. Se nos dijo que el monte era salvaje, que el trueque era atraso, que la palabra circular era desorden.
Pero no todo se perdió. En los márgenes, en los silencios, en los rituales que sobrevivieron bajo la sotana, seguimos sembrando resistencia. Porque si el Evangelio vino a quedarse, también nosotros nos quedamos. Con nuestras cosmovisiones intactas, aunque camufladas. Con nuestras abuelas que rezan a Cristo y a la luna. Con nuestras comunidades que celebran la misa y el equinoccio.
Hoy, preguntamos: ¿qué Evangelio queremos? ¿Uno que impone modelos de consumo y obediencia, o uno que se arrodilla ante la tierra y escucha el tambor? ¿Uno que sirve al Estado y al capital, o uno que se deja transformar por la memoria colectiva?
¿Es posible un Evangelio que abrace nuestras raíces sin querer arrancarlas? Las respuestas no están en los púlpitos, sino en los fogones, en los círculos de palabra, en las abuelas que traducen el Espíritu a su lengua materna.
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Sierra de Perija • Zulia
Comunidad Indígena Yukpa.
Chaktapa