08/02/2026
La paloma cayó mu**ta dentro de una chimenea. Casi cuarenta años después, cuando sus huesos volvieron a ver la luz, la misión que llevaba atada a una pata seguía sin terminar.
En 1982, David Martin renovaba una antigua chimenea de su vivienda en Bletchingley, al sur de Inglaterra. Al retirar los escombros comenzaron a caer pequeños huesos. Entre ellos apareció una pata de paloma con una cápsula roja todavía sujeta.
Dentro había una hoja extremadamente delgada encabezada con las palabras “Pigeon Service”.
El mensaje no contenía instrucciones comprensibles, nombres de lugares ni movimientos de tropas. Estaba formado por 27 grupos de cinco letras aparentemente desordenadas. Figuraba como destinatario “X02” y aparecía firmado por alguien cuyo nombre parecía ser “Sjt W Stot”.
También incluía dos números de identificación: NURP.40.TW.194 y NURP.37.OK.76. Las siglas correspondían a la organización británica que registraba palomas mensajeras, mientras que los números 40 y 37 señalaban los años 1940 y 1937.
Uno de aquellos códigos podía pertenecer al ave encontrada. El otro quizá correspondía a una segunda paloma enviada con una copia del mismo mensaje.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña incorporó al servicio cerca de 250.000 palomas. Las utilizaron el Ejército, la aviación, la marina y el Ejecutivo de Operaciones Especiales. Podían ser transportadas en aviones, barcos o unidades terrestres y liberadas cuando la radio fallaba, resultaba peligrosa o podía revelar una posición.
La paloma no volaba hacia cualquier lugar. Intentaba regresar al palomar donde había sido criada. Por eso funcionaba como un sistema de comunicación en una sola dirección: primero era llevada hasta la zona de operaciones y después regresaba con el mensaje sujeto a una pata.
El viaje podía incluir mar abierto, mal tiempo, disparos y aves entrenadas para cazarlas.
Se ha repetido que la paloma de Bletchingley salió de Normandía después del desembarco de 1944. También se ha afirmado que transportaba información sobre las posiciones alemanas.
Ninguna de esas versiones ha sido demostrada.
La hoja no lleva una fecha legible. Tampoco se ha identificado con certeza al remitente, la unidad a la que pertenecía ni el significado de “X02”. Incluso el motivo por el que el animal terminó dentro de aquella chimenea continúa siendo desconocido. Pudo detenerse agotado, desorientarse o caer accidentalmente, pero sus huesos no permiten reconstruir el último vuelo.
En 2012, el hallazgo alcanzó notoriedad internacional y llegó hasta los especialistas del GCHQ, la agencia británica de inteligencia y criptografía.
El problema no era la falta de computadoras suficientemente potentes.
Durante la guerra, algunos mensajes eran preparados con libros de códigos en los que cada grupo de letras representaba una palabra, una posición o una instrucción relacionada con una operación concreta. Después, esos grupos podían volver a cifrarse mediante una clave utilizada una sola vez.
Sin el libro y la clave correctos, una secuencia tan breve puede admitir innumerables interpretaciones. Una computadora podría producir frases aparentemente coherentes, pero no tendría forma de demostrar cuál de ellas era la verdadera.
Criptógrafos aficionados han anunciado varias soluciones. Algunos creyeron identificar ataques, baterías de artillería y movimientos alemanes. Los especialistas británicos examinaron cientos de propuestas, pero ninguna pudo verificarse con el material criptográfico original.
La información que el ave debía entregar quizá ya era inútil cuando murió. También es posible que la segunda copia llegara correctamente y permitiera cumplir la misión sin que nadie supiera que otra mensajera había desaparecido.
La paloma permaneció durante décadas sobre una casa habitada, con la cápsula todavía cerrada y el secreto intacto.
Finalmente logró entregar el papel.
Lo hizo demasiado tarde para la guerra y sin la única cosa capaz de hacerlo hablar: la clave que alguien probablemente destruyó después de leer la otra copia.