23/05/2025
Un árbol, una vida
El fotoperiodismo muchas veces deja secuelas incurables. Rajaduras en el alma que no se ven, pero que drenan la felicidad en silencio. Así se camina por la vida: con esos recuerdos que pesan, que duelen, y que incluso están fotografiados.
Un ejemplo de este tipo de profesionales es Sebastián Salgado, fotógrafo brasileño que hoy ha fallecido. Un hombre que no solo retrató el sufrimiento humano con una sensibilidad única, sino que también cargó esas imágenes consigo, como cicatrices invisibles.
Tras cubrir el genocidio de Ruanda en 1994, donde murieron más de 800,000 personas en apenas 100 días, Salgado regresó devastado a su tierra natal, Aimorés, en Brasil. Allí encontró otro paisaje roto: la exuberante selva atlántica había sido arrasada, víctima de décadas de tala indiscriminada y abandono.
Afectado tanto por el horror que presenció en África como por la desolación de su propio entorno, sintió la necesidad urgente de sanar, no solo la tierra, sino también su espíritu.
Junto a su esposa, Lélia, emprendió un ambicioso proyecto de reforestación. Durante más de dos décadas, plantaron alrededor de 2.7 millones de árboles nativos y devolvieron la vida a más de 700 hectáreas de bosque.
Este acto de regeneración transformó el paisaje y, más profundamente, transformó a Salgado. Fue un testimonio silencioso de cómo sanar el alma a través del cuidado del mundo natural.
Hoy, se va un fotógrafo exquisito, maestro del blanco y negro, capaz de moverse con la misma intensidad entre guerras, desplazamientos forzados y paisajes remotos. Pero, sobre todo, se va un ser humano que luchó por no sucumbir a la desesperanza, y que, en su lucha, dio nueva vida a millones de seres vivos.