Ojo Ancestral

Ojo Ancestral Yo era brujo de día y diseñador de noche,
pero me cansé de llevar doble vida… Ahora diseño símbolos, oráculos y textos con intención mágica.

14/06/2026

El uniforme de la Selección Mexicana no revela una conexión con nuestras raíces, sino una forma bastante pi**he de simularla.

Que la camiseta de la Selección Mexicana de fútbol esté decorada con grecas, serpientes, soles o cualquier elemento de look prehispánico no es coincidencia. Está hecha para despertar en los mexicanos la emoción de sentir profundidad y pertenencia. Es una promesa de identidad impresa en la camiseta.

Esos elementos no llegan como memoria viva, sino como diseño y campaña. Son moodboard de marca global. Símbolos limpios, brillantes y domesticados que ya no reclaman nada. Solo adornan mercancía.

En el uniforme actual ya ni siquiera se usan símbolos claros o reales. La raíz se fue deslavando hasta quedar convertida en “look prehispánico”. Ya no importa si hay una greca real, un glifo específico o una referencia reconocible. Basta con que se sienta antiguo, prehispánico y ancestral. Y creo que eso dice muchísimo.

Una forma nunca llega vacía. Una serpiente o un glifo no solo se ven, también se leen. Activan ideas de origen, territorio, poder, misterio y antigüedad. Cuando sobrevive la forma, pero se vacía la relación con la historia que la produjo... eso ya no comunica una memoria precisa; comunica la sensación de memoria. Porque cuando se conserva el símbolo, al menos puedes preguntar de dónde viene, qué significa y qué carga. Pero cuando solo queda la estética, la desconexión es total. La raíz es rebajada a estilo y la memoria se vuelve textura.

Y por supuesto tenemos la contradicción más grande: México se emociona con lo indígena convertido en uniforme, pero sigue siendo profundamente insensible con las comunidades indígenas vivas. Se presumen calendarios, pirámides, glifos y serpientes mientras se desprecian lenguas originarias, se ignoran luchas por territorio, se folkloriza la vestimenta, se exotizan ceremonias y se trata a los pueblos vivos como si fueran un estorbo para la idea bonita de patria.

México ama al indígena convertido en símbolo, pero le cuesta mucho mirar al indígena convertido en vecino, comunidad, lengua, territorio y presente.

Además, casi siempre que en México se habla de “lo prehispánico” en realidad se habla de una versión centralizada y cómoda de lo indígena: el imaginario mexicah-tenochca. Águilas sobre nopales devorando serpientes, templos mayores diseñados para el sacrificio, guerreros jaguar, penachos enormes y Tenochtitlan como si fuera la raíz visual de todo el país.

Pero México no es solo Tenochtitlan.

Hay pueblos, lenguas, territorios y memorias vivas en Oaxaca, Chiapas, Veracruz, Sonora, Yucatán, Guerrero, la Huasteca, la Sierra, el desierto, la costa, el norte, el occidente y el sur. Hay un chingo de comunidades aún vivas que no existen para ser textura decorativa. Se reduce una diversidad enorme a una postal, como si México tuviera que verse “azteca”, mal llamado además, para ser suficientemente mexicano ante el mundo.

Y de paso, los mexicas no eran una comunidad espiritual horizontal de sabios ecológicos tomando cacao en armonía con el cosmos. Eran una potencia militar, política y tributaria que echó a andar una enorme maquinaria de poder y terror que después les jugó en contra. Dominaron pueblos, cobraron tributo, impusieron poder y fueron odiados por otros pueblos.

Me parece fascinante, incómodo y bastante revelador que nuestra identidad nacional moderna haya elegido como gran símbolo originario a un imperio derrotado, lo haya vuelto estampita sagrada y luego lo haya puesto en camisetas.

Y por supuesto, no se trata de prohibir que un uniforme use símbolos antiguos. No considero un problema que la raíz aparezca en el diseño, la moda, el deporte o la cultura popular. Pero me parece muy triste eso de usarla como decoración sin deuda. Como orgullo sin memoria.

Porque una greca no es solo una greca cuando viene de una memoria colectiva y un calendario no es solo una textura bonita. Un caracol, una serpiente, un fuego, una piedra o un glifo no son adornos flotando en el vacío. Fueron formas de entender el mundo, el tiempo, la muerte, la tierra, el cuerpo y la comunidad.

Cuando les quitamos todo eso y dejamos solo la superficie, el signo queda hueco y se convierte en nada más que mercancía. Quizá eso es lo que más revela el uniforme de la selección. Ya no es una conexión con el pasado, sino una forma bastante pi**he de simular conexión. Nos ponemos la raíz encima porque no sabemos cómo habitarla por dentro.

México no necesita dejar de usar símbolos antiguos, pero estaría buenísimo que dejara de usarlos como si fueran decoración sin responsabilidad.

Una sociedad que no sabe mirar a sus pueblos vivos no está recordando su origen, solo se está disfrazando de él.

Pero bueno, supongo que es mucho pedirle a una camiseta de fútbol que cargue con quinientos años de contradicciones.

12/06/2026

Las ciudades que habitamos están fundadas sobre el miedo.

Antes de que existieran avenidas, edificios, puertas y candados, fuimos animales reunidos alrededor del fuego. Mirábamos hacia la oscuridad con la certeza de que algo podía venir desde afuera, pues la noche no era una metáfora. Era frío y horror, animales y enemigos al acecho, sonidos que el cuerpo entendía antes que la mente. Y para entender la ciudad hay que empezar ahí.

Somos descendientes del simio más ambicioso. No necesariamente del más fuerte ni del más sabio, sino de ese animal que quiso guardar más fruta de la que podía comerse. El que descubrió que acumular servía para negociar con el hambre futura y empezó a mirar el mundo como algo que podía tomarse, defenderse y cercarse.

Esa ambición nos hizo sobrevivir. Nos hizo imaginar herramientas, conservar el fuego, contar estaciones, levantar refugios y cuidar crías demasiado frágiles para este mundo. Pero también nos dejó una herida.

En algún punto, el fuego dejó de bastar. Su luz reunía a la tribu, calentaba la comida y alejaba algunas sombras, pero no podía prometerlo todo. Siempre quedaba algo más allá del círculo de luz. Un ruido en la maleza, un ojo brillando entre ramas, un enemigo esperando fuera de la cueva. Así que primero fue una piedra alrededor del fuego, que después se convirtió en cerca, luego en muro y más tarde en muralla.

Y entonces el miedo tomó forma.

Quisimos reducir los escondites del horror. Ampliar la zona donde el animal humano podía decir: aquí dentro no me alcanza el peligro.

Conforme los grupos crecieron, la confianza dejó de caber en el cuerpo. Ya no bastaba reconocer a quienes dormían cerca ni saber quién cuidaba el fuego. Entre demasiados desconocidos, la vida común necesitó relatos sobre los cuales sostenerse. Propiedad, ley, dinero, nación, progreso, seguridad. Símbolos. Cosas que no existen como existe un árbol o una piedra, pero que ordenan nuestra obediencia con una fuerza tremenda. Las inventamos para sostenernos y luego las alabamos como dioses.

De todos esos relatos, tal vez ninguno nos sedujo tanto como la ciudad.

La construimos creyendo que la vida debía ser vencida. Que el monte era un error y la noche debía borrarse. Que el cuerpo debía adaptarse al encierro con tal de proteger lo acumulado. Que la tierra y la tribu no eran memoria ni raíz profunda, sino un pasado vergonzoso del que debíamos alejarnos para avanzar. No siempre sabíamos hacia dónde. Bastaba con llamarlo avance.

Así avanzamos.

Cercamos la noche para que no nos alcanzara, sin darnos cuenta de que el miedo habitaba dentro de nosotros y solo cambió de máscara. El miedo a no sobrevivir el invierno y la soledad se convirtió en deuda, desempleo, crisis y aislamiento. El animal humano, que antes temía ser devorado en la oscuridad, ahora teme no alcanzar, no producir, no contestar, no sostener el personaje que la ciudad le exige.

Ahora vivimos rodeados de muros que prometen protegernos, pero también educan nuestra sospecha. Le llamamos avance a esa tensión organizada. Le llamamos seguridad a un cansancio que ya no sabemos apagar. Le llamamos vida moderna a esta forma brillante, desconectada y agotadora de estar cada vez más lejos del mundo.

Dejamos de pertenecer a un territorio y empezamos a pertenecer a un código postal. El pequeño pedazo de concreto donde vivimos nos da una ilusión privada de control. Tiene puerta, chapa, cerrojo, señal de wifi, recibos y pantallas desde donde miramos los horrores del mundo sin tocarlos: el tráfico, los terremotos, la guerra, el p***o, la muerte, la enfermedad. Todo cerca y lejos al mismo tiempo. Todo entrando por los ojos sin pedirle permiso al cuerpo. Mundos que consumimos como si no nos pertenecieran, aunque algo en nosotros se quede temblando después de verlos.

Una sociedad herida convirtió sus miedos en forma de vida.

Nos cuesta cuestionar la ciudad porque su promesa no fue completamente falsa. Amplió el círculo del fuego y nos dio una forma de vivir más allá del pequeño grupo reunido contra la noche. Nos dio formas más estables de refugio, alimento, salud, compañía, conocimiento, placer y arte. Por eso pesa tanto como símbolo. Porque no nació solo del engaño, sino también del alivio.

Su mito es poderoso porque tiene una parte de verdad. Pero ningún mito merece obediencia eterna.

No se trata de si debemos volver al monte o fingir que vivir en tribu era el paraíso. Pero vale la pena cuestionarnos qué parte de nuestra vida urbana nació del deseo y qué parte nació de la huida. En qué momento confundimos crecer con alejarnos y en qué momento llamamos progreso a una forma elegante de escondernos.

Se nos torció algo en el camino.

Aprendimos a vivir cerca de otros sin necesariamente encontrarnos con otros. Compartimos muros, vagones, banquetas y edificios, pero muchas veces no compartimos mundo. El otro aparece primero como un riesgo y entonces el cálculo y la alerta llegan antes del vínculo.

No hace falta romantizar la vida rural para entender lo que perdimos. El monte también puede ser duro y la comunidad también puede vigilar o asfixiar... pero hay una verdad que la modernidad desprecia porque no sabe cobrarla: el ser humano necesita territorio vivo. Necesita pertenecer a algo más profundo que una dirección, una renta o una ruta diaria hacia el cansancio. Necesitamos mundo, no solo ubicación.

Lo más cínico de esta época es que primero nos enseñó a mirar esa necesidad de monte como atraso y luego nos la vendió de regreso como wellness. Plantas en macetas, retiros de silencio, caminatas por el bosque y ceremonias frente al fuego para cuerpos que olvidaron reunirse sin pantalla.

Nos enfermó de distancia y luego nos vendió la nostalgia.

Tal vez el punto no sea abandonar la ciudad, sino dejar de alabarla como destino inevitable. Revisar qué miedo nos cuida y cuál nos está secando. Preguntarnos si el relato de la gran ciudad sigue sosteniendo nuestra vida o si solo nos mantiene obedeciendo una tensión antigua disfrazada de comodidades. No todo lo que llamamos seguridad nos devuelve la calma ni todo lo que llamamos progreso nos acerca a la vida.

Recordemos que la modernidad es una fogata enorme intentando negar que la noche sigue ahí. Hay que cuestionarnos si queremos seguir creyendo que todo lo vivo necesita ser controlado para no destruirnos.

¡Nos vemos en el monte!

09/06/2026

Usa las redes como altar, no solo como escaparate.

Actualmente el marketing habla un chingo sobre autenticidad. Una palabra enorme y viva, que nos pide presencia, verdad e historia. Pero el marketing (como suele hacer) la agarró y la convirtió en rendimiento: cómo parecer más humano para vender mejor, cómo contar una herida para generar confianza, cómo volver tu historia más útil, rentable y fácil de consumir.

Y entonces algo (bastante) se tuerce. Porque empiezas queriendo vender lo que haces, pero terminas editándote hasta caber en una fórmula. Donde buscabas conectar, terminas preguntándote si eso que acabas de escribir tiene suficiente valor, suficiente gancho, suficiente estrategia o suficiente potencial para que la máquina lo empuje.

Y sí, claro que hay que entender el medio (si es que vendes por internet)... la hora, el hook, el algoritmo, el SEO, la tendencia, todo eso existe. Sería absurdo fingir que no. Pero es triste reducir nuestra voz a eso. Porque una cosa es usar herramientas y otra muy distinta es dejar que las herramientas decidan desde dónde hablamos.

A mí me interesa cada vez menos la idea de “aportar contenido de valor”. No porque no quiera compartir algo valioso, sino porque esa frase ya viene cargada de utilidad e intercambio. Es un “te doy esto para que eventualmente me des aquello”. Sin albur, lo juro.

Creo que hay otra forma...

¿Y si dejamos de pensar todo lo que publicamos como contenido y empezamos a pensarlo como rezo?

No hablo de ponerse solemnes ni de llenar el feed de frases con incienso. Hablo de intención. Un escaparate acomoda lo vendible para que alguien compre; un altar pone al centro lo que merece ser honrado. En un escaparate todo está diseñado para llamar la atención y en un altar las cosas están ahí porque sostienen memoria, dirección, gratitud, fuego y fe.

Tal vez publicar como rezo sea eso. Antes de preguntarte “¿esto va a funcionar?”, preguntarte también “¿qué pone esto al centro?, ¿qué estoy cuidando cuando digo esto?, ¿qué estoy alimentando?, ¿qué tipo de conversación estoy abriendo?, ¿qué parte de mi mundo estoy dejando visible para que alguien pueda acercarse sin ser empujado, perseguido o convertido en cliente desde el primer gesto?”.

Y esto no es solo poesía. La forma en que apareces también enseña a la gente cómo acercarse a ti. Si todo lo que publicas nace desde la ansiedad de vender, el hambre de gustar y la urgencia de que algo funcione, no es raro que lleguen personas con esa misma energía: clientes que quieren rápido, barato y obediente. Gente que te mide como producto y te exige como máquina. Una parte de eso también se convoca. No es castigo cósmico, sino que tu voz, tu ritmo y tu forma de mostrarte van construyendo una puerta. Y según la puerta que construyes, es la gente que entra.

Por eso pensar las redes como altar no es dejar de vender ni despreciar la estrategia. Es cambiar el centro y usar el algoritmo sin arrodillarte ante él. Es entender el medio, sí, pero no entregarle tu lengua. Que la máquina sirva para conectar y para que tu voz llegue más lejos... no para deformarte ni convertir tu voz en una copia dócil de lo que ya está probado que funciona.

Cuando dejas de publicar desde el hambre de gustarle a todo mundo, algo cambia en la forma en que la gente se acerca. Ya no entra cualquiera. Se filtra la energía, se filtran las preguntas y cambia incluso la manera en que entienden tu trabajo antes de pedirte algo. Dejas de hablarle a todo mundo y empiezas a volverte reconocible para quienes pueden encontrarse en eso que sostienes. Ahí dejas de juntar seguidores y empiezas a formar comunidad. Gente que no llega porque la empujaste, la perseguiste o la encerraste en un embudo, sino porque algo en tu voz le resonó y se convirtió en señal. Porque reconoció una forma de mirar y sintió que ahí no había una máquina vendiendo, sino una presencia cuidando un fuego, aunque sea digital.

Eso es tribu.

No una lista de prospectos. No una audiencia calentándose alrededor de una oferta. No gente esperando convertirse en dinero. Crear tribu, al menos en redes, empieza cuando lo que dices reúne a personas que encontraron ahí una pregunta, un espejo, una grieta, una palabra que no las trató como clientas antes de tratarlas como humanas.

Algunas personas comprarán. Otras no. Algunas llegarán como clientes, otras como cómplices, lectoras, testigos, amigas del fuego. Y eso también importa, y un chingo. No todo vínculo tiene que terminar en venta para tener valor. No toda presencia necesita volverse transacción para sostener algo. La tribu no nace cuando todos te compran; nace cuando lo que pones al centro convoca pertenencia. Cuando alguien puede decir: aquí entiendo algo de mí. Aquí no tengo que traducirme tanto. Aquí se honra algo que también me importa.

Y sí, desde ahí también llegan clientes distintos. Pero llegan distinto porque antes de comprar ya entraron en relación. No llegan solo por precio, urgencia o conveniencia. Llegan porque algo en tu voz les abrió una puerta.

Por eso no da igual publicar cualquier cosa con tal de vender. Cuando lo que pones al centro tiene verdad, no solo atraes clientes: convocas gente alrededor del fuego. Quizá esa sea la parte más profunda de usar redes como altar. No solo muestras lo que haces; construyes el tipo de mundo al que estás invitando a entrar.

Si ya eres parte de esta tribu, deja un 🔥 en tu comentario para reconocernos.

04/06/2026

13 MANDAMIENTOS BRUJOS PARA NAVEGAR LA MODERNIDAD.

1. NO ENTREGARÁS TU ALMA A LA MAQUINARIA
Reconocerás y rechazarás a la productividad, el algoritmo, la urgencia y el estrés como ídolos de la modernidad. No entregarás tu alma a una maquinaria que te quiere útil, cansada y distraída. En cambio, dedicarás tu vida a encontrar lo sagrado en todas las cosas. La tierra que late debajo del concreto, el fuego que pones en lo que amas y la luz que se manifiesta en tus actos cotidianos.

2. NO USARÁS EL ORÁCULO EN VANO
No preguntarás, pedirás señales, visiones o guía sobre lo que ya sabes pero no piensas obedecer. No usarás lo místico para retrasar una decisión, evitar una conversación o cubrir una evasión. La magia no está para darte permiso de seguir inmóvil. Está para devolverte al mundo con más verdad, más cuerpo y menos falsedad. Cargas con la obligación de no fingir estupidez cuando ya has abierto los ojos.

3. NO PERDERÁS TUS RITUALES
Harás ceremonia con fuego, con comida, con palabra o con pausa. La modernidad quiere que todo pase sin rito, pero tú lo celebrarás todo: inicios, rupturas y cierres, mudanzas, cambios de piel, victorias y duelos. Pondrás nombre a lo que cambia, porque lo que no se honra se vuelve ruido. Tu camino debe estar marcado por ritos de paso que hagan muescas en el tiempo. Por ti y todas tus relaciones.

4. NO OBEDECERÁS TUS HERIDAS TRANSGENERACIONALES
No cargarás con el silencio de tu madre, la rabia de tu padre, el miedo de tus abuelas ni la culpa de un árbol entero. Honrar el linaje no es repetir sus cadenas ni convertir sus heridas en destino. A veces la verdadera limpia familiar no se hace con copal frente a una foto antigua, sino dejando de llamar amor a lo que fue miedo, deber a lo que fue sometimiento y tradición a lo que fue trauma. Es tu deber sagrado romper esas cadenas y reconectar con las raíces más profundas.

5. NO APAGARÁS TU FUEGO SAGRADO
No esconderás tus dones para parecer prudente ni apagarás tu fuego para que el mundo no se incomode. No viniste a guardar tu fuerza en una caja ni a pedir perdón por la luz que te atraviesa. Lo que sabes, lo que intuyes, lo que creas, lo que sanas y lo que despiertas con tus manos también le pertenece a la comunidad. Tu deseo no es capricho, sino una brújula encendida. Si algo en ti vino a dar amor, alegría, belleza, claridad o consuelo, tienes el deber sagrado de hacerlo arder.

6. NO TORCERÁS LA VOLUNTAD AJENA
No usarás magia, culpa, silencio, deseo, promesas o energía para empujar una puerta que ya se cerró. Si alguien dijo no, se fue, cambió o dejó de elegirte, escucha el límite como quien escucha un presagio. No hagas amarres donde deberías hacer duelo. La magia no sirve para domesticar la voluntad de nadie. Sirve para mirar tu hambre sin convertirla en hechizo.

7. NO ENTREGARÁS TU ATENCIÓN AL ALGORITMO
Tu atención es una ofrenda. Lo que stalkeas, envidias, odias, comparas y revisas en secreto recibe fuerza. El algoritmo lo sabe y te pone justo el altar donde más sangras. Espejos perfectos, sueños que consideras imposibles, deseos creciendo, objetos brillando, fantasmas viviendo. No digas que quieres paz si todos los días le prendes veladora digital a lo que ya no deberías estar cargando.

8. NO LEVANTARÁS FALSO TESTIMONIO
Tu palabra será pacto, no disfraz. Si hablas de luz, que tus actos no vivan escondidos en la sombra. Si hablas de amor, que no se vuelva control cuando nadie te mira. Si hablas de sanación, que también haya responsabilidad, reparación y verdad. La rectitud no es perfección. Es caminar de forma consecuente, procurando que pensamiento, palabra y acto miren hacia el mismo fuego.

9. NO CONVERTIRÁS TU HERIDA EN IDENTIDAD
No harás de tu herida un trono, un apellido, una máscara o una credencial. Lo que te rompió merece ser visto, llorado y honrado, pero no obedecido como mandato. Una cosa es integrar tu historia y otra vivir poseída por ella. Tu cicatriz puede volverse puerta, mapa o medicina, pero si la usas para justificarlo todo, se convertirá en jaula.

10. NO CONFUNDIRÁS SUFRIMIENTO CON CRECIMIENTO
El dolor puede enseñar, pero no todo dolor merece altar. Hay heridas que abren conciencia y otras que solo se repiten porque aprendiste a llamar destino a la costumbre. Un incendio que te consume no siempre purifica, pues crecer no necesita que te quemes. Es tu decisión convertir al dolor en tu maestro. También es posible crecer desde el amor, el entendimiento y la paz.

11. NO ABRIRÁS TU TEMPLO A CUALQUIERA
No todo el que toca merece entrar. Hay gente que llega a llorar, pedir, confundirte, drenarte o calentarse con tu fuego, pero jamás trae leña. No son visitas sagradas, sino hambre disfrazada de vínculo. Vivir de forma amorosa no significa vivir sin puerta. Hasta los templos tienen guardianes, umbrales y reglas. Tu entrega no debe estar eternamente disponible.

12. NO LLAMARÁS SAGRADO A LO QUE ES POSESIÓN
La modernidad te enseña a confundirte con lo que compras, rentas, estrenas, publicas y acumulas. Te vende identidad en pagos mensuales y luego le llama estilo de vida a tu jaula. No eres tu casa, tu ropa, tu marca, tu cuenta ni tus objetos del altar. La materia puede ser herramienta y belleza, pero también ídolo. Aprende a tener cosas sin permitir que las cosas te tengan.

13. DARÁS SANO ENTIERRO A TODOS TUS MU***OS
No todo lo que terminó necesita volver a respirar. Hay proyectos, vínculos, promesas, versiones de ti, planes antiguos y sueños caducados que jamás deben cargarse como si todavía fueran camino. Dales nombre, agradéceles lo que sostuvieron y ciérrales la puerta con amor y mano firme. Dar entierro no es odiar el pasado sino dejar de usar tu energía para mantener en pie lo que ya cumplió su ciclo. Se entierra para que el alma vuelva a tener aire.

02/06/2026

Solemos pensar en dios tras preguntarnos si existe... pero rara vez nos preguntamos ¿qué chingados es un dios?

Para algunas religiones es un ser supremo, para algunos filósofos es el fundamento último de la realidad, para la psicología profunda es una imagen de aquello que la psique percibe como más grande que el ego... sin embargo, detrás de todas esas definiciones parece esconderse una estructura común.

Un dios es aquello que excede al ser humano. Pero también lo ordena, lo confronta y le exige una relación.

(Pausa... voy a aclarar algo porque ya los conozco. No voy a discutir si tu dios existe. Tampoco voy a intentar demostrar que no existe. No voy a decidir cuál es el único verdadero ni voy a entrar a una competencia de religiones. Voy a hablar de la idea de dios como símbolo, como experiencia humana y como una de las formas que hemos utilizado para relacionarnos con aquello que percibimos como más grande que nosotros. Si tu única intención es defender tu dogma o atacar el de alguien más, probablemente este texto no te va a gustar.)

Ahora sí... antes de tener nombre, rostro o templo, un dios es una experiencia. No es necesariamente una persona ni una inteligencia sobrenatural. Es el encuentro con algo que rebasa la capacidad humana de controlar la realidad... la muerte, el tiempo, el amor, el océano, el fuego, la conciencia o el misterio mismo de existir poseen algo de esa cualidad. Un dios aparece cuando el ser humano descubre que hay fuerzas más grandes que su voluntad y que, le guste o no, tendrá que relacionarse con ellas.

Por eso un dios no es simplemente algo poderoso. Hay muchas cosas poderosas que no son dioses. Lo que lo vuelve divino es que concentra poder, misterio y significado al mismo tiempo. No solo afecta nuestra vida sino que también nos obliga a interpretarla. Un dios es una fuerza alrededor de la cual una cultura o una persona organizan su comprensión del mundo, una especie de centro de gravedad simbólico.

Para ellos, los dioses no eran conceptos abstractos ni asuntos de fe privada... eran relaciones vivas. El río era dios porque de él dependía la supervivencia, el bosque era dios porque alimentaba y amenazaba, el fuego era dios porque transformaba todo lo que tocaba. La divinidad no estaba separada del mundo; era la forma de reconocer que la vida humana convivía con fuerzas que la superaban.

Esa idea moderna de que vivimos en una época sin (tantos) dioses es una ilusión. Nunca hemos perdido nuestra necesidad humana de lo divino... solo perdimos el acuerdo colectivo sobre dónde encontrarlo.

Los antiguos construían templos mientras nosotros construimos carreras. Cambiamos altares por marcas personales, ofrendas por contenido y plegarias por métricas.

La diferencia no es tan grande como nos gustaría creer.

Al final, un dios no se reconoce por el nombre que recibe, sino por aquello que exige de nosotros. Si algo te pide tiempo, atención, sacrificio y obediencia de forma constante, ya está ocupando un lugar importante dentro de tu mundo... si además te promete cosas como seguridad, identidad, pertenencia o salvación, probablemente está ocupando un lugar todavía más profundo.

Los humanitos de la antigüedad sabían perfectamente cuáles eran sus dioses. Les temían y les agradecían, echaban chisme y negociaban con ellos. Nosotros no. Nosotros solemos imaginarnos como individuos racionales y autónomos mientras entregamos años enteros de nuestra vida a fuerzas que rara vez examinamos.

Podemos ver al que sacrifica su salud por dinero y lo llama responsabilidad, a quien sacrifica su familia por trabajo y lo llama éxito, a quien entrega su capacidad de pensar a una ideología y lo llama conciencia o a quien convierte su herida en el centro de su identidad y pasa décadas alimentándola porque ya no sabe quién sería sin ella.

Todos creen estar tomando decisiones y pocos se preguntan si en realidad están sirviendo a algo.

Y eso se parece sospechosamente a la idolatría.

Poniéndonos estrictos con el significado, un dios te conecta con algo más grande que tú. Un ídolo toma algo que debería ocupar un lugar en tu vida y lo convierte en el centro de ella. Un dios te hace parte del todo. Un ídolo te consume.

Quizá por eso los antiguos desconfiaban tanto de la idolatría. Entendían que cualquier cosa puede ocupar el lugar de lo sagrado. Incluso algo útil, noble o necesario.

Seguimos adorando dioses e ídolos... solo que ya no los llamamos así.

27/05/2026

Cierto día terminé en urgencias pensando que moriría de un paro cardiaco y mi madre estaba emputadísima.

- Lo que tienes es un cuadro de ansiedad - me dijo la doctora, bien relax. Tu corazón está bien, esto es algo mental-emocional, debes estar bajo mucho estrés. Mi madre me miraba con ojos de cuchillo y yo no sabía si era por ser tan chillón que no aguantaba un poco de estrés, por el hecho de siempre andarme metiendo en pedos o porque tal vez seguro eso también (como muchas otras cosas) me pasó por pendejo...

Luego alguien me explicó: “No todos tenemos la cajita de colores llena. Habemos algunos que sobrevivimos con dos o tres colores y con eso pintamos todo. Tu mamá se asustó, pero lo pintó de color enojo”.

Me explicó que las emociones eran como una caja de colores... y que había unos que andamos por la vida con una cajita de colores Mapita toda cutre. Que crecer y sanar también era aprender a distinguir tonos dentro de uno mismo y saber cuándo algo era tristeza, miedo, vergüenza, rabia, ternura o ansiedad.

Nadie nace con la cajita completa. Esa te la vas armando con lo que vives en casa, en la escuela, en la calle... Uno va obteniendo colores conforme va sintiendo y reconociendo cada una de las emociones. Y para reconocerlo, primero se te debe permitir sentirlo.

Te imaginarás que en la búsqueda de los buenos modales, se mutilan muchas emociones.

A muchos nos quitaron el azul de la tristeza y el morado del miedo... pero nos dejaron el rojo del enojo como única salida digna. Entonces nos cuesta mucho más (o no podemos) decir “me dolió”, y usamos el “me encabroné”. Es difícil que podamos expresar “tengo miedo” o “estoy triste” o “me siento solo”... y mejor tomamos distancia, mandamos alv todo mentalmente y nos quedamos en silencio.

A otros tantos, les impidieron pintar con rojo y les dejaron una gama un tanto apagada de culpa, falsa dulzura, paciencia obligada y abnegación... entonces les cuesta sostener su coraje sin pedir perdón por existir demasiado fuerte.

No siempre se explota porque se quiera destruir todo, sino porque no se tuvo el chance de explorar, sentir y nombrar lo que se trae dentro. ¿Cómo chingados voy a pintar un día de verano si solo tengo rojo incendio para pintar el cielo?

Pero también llega el momento incómodo donde uno tiene que aceptar que no fue nuestra culpa crecer con la cajita incompleta... pero sí es nuestra responsabilidad dejar de pintar a todos con los mismos tres pi**hes colores que tenemos. Porque eventualmente crecer también implica salir a buscar los colores que faltan.

Y eso toma tiempo.

Recuperar colores implica ensuciarse las manos... sentir cosas que llevábamos años evitando, aceptar que quizá nunca fuimos “fríos”, “locas”, “dramáticos” o “difíciles”. Solo éramos personas intentando pintar nuestra vida con una cajita medio vacía.

Sanar, a veces, es eso: ir por el mundo recuperando colores.

23/05/2026

La claridad es el resultado de un proceso alquímico.

Sé que es común que al pensar en alquimia nuestra mente corra directamente a “convertir algo en oro”… o a un anime bien chingón. Pero bueno, eso es apenas la versión simplificada que sobrevivió en la cultura popular.

La alquimia hablaba de transformación, sí, pero también de separación, purificación, destrucción, condensación y contención. De la magia de tomar algo caótico, disperso o informe y someterlo a procesos hasta que pudiera sostener una nueva naturaleza. Como nosotros antes y después de un trauma, terapia, un viaje interno o externo, etc.

Los alquimistas estaban obsesionados con los recipientes. Porque incluso si lograban condensar lo más valioso del universo, eso necesitaba una forma capaz de contenerlo.

Una marca bien construida funciona exactamente así. El branding, en el fondo, es la construcción de un recipiente simbólico capaz de contener una visión. Y muchísimos proyectos están faltos justamente de eso.

A veces un proyecto surge de una gran idea… pero sigue en estado primitivo. Sigue siendo intuición sin estructura, sensibilidad sin dirección y visión sin lenguaje. Una mezcla caótica entre referencias de Pinterest, crisis existenciales y obsesiones peleándose por existir al mismo tiempo.

Y ahí es donde el branding se vuelve muchísimo más interesante que solamente “hacer logos”. Porque una marca bien construida sirve para ordenar el caos y darle cuerpo a una idea. Nombre, símbolos, tono, imágenes, lenguaje, dirección… todo eso empieza a funcionar como la estructura donde una visión finalmente puede estabilizarse y tomar forma en el mundo.

Porque necesitas un recipiente capaz de contener tu idea cuando se convierta en oro.

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