14/06/2026
El uniforme de la Selección Mexicana no revela una conexión con nuestras raíces, sino una forma bastante pi**he de simularla.
Que la camiseta de la Selección Mexicana de fútbol esté decorada con grecas, serpientes, soles o cualquier elemento de look prehispánico no es coincidencia. Está hecha para despertar en los mexicanos la emoción de sentir profundidad y pertenencia. Es una promesa de identidad impresa en la camiseta.
Esos elementos no llegan como memoria viva, sino como diseño y campaña. Son moodboard de marca global. Símbolos limpios, brillantes y domesticados que ya no reclaman nada. Solo adornan mercancía.
En el uniforme actual ya ni siquiera se usan símbolos claros o reales. La raíz se fue deslavando hasta quedar convertida en “look prehispánico”. Ya no importa si hay una greca real, un glifo específico o una referencia reconocible. Basta con que se sienta antiguo, prehispánico y ancestral. Y creo que eso dice muchísimo.
Una forma nunca llega vacía. Una serpiente o un glifo no solo se ven, también se leen. Activan ideas de origen, territorio, poder, misterio y antigüedad. Cuando sobrevive la forma, pero se vacía la relación con la historia que la produjo... eso ya no comunica una memoria precisa; comunica la sensación de memoria. Porque cuando se conserva el símbolo, al menos puedes preguntar de dónde viene, qué significa y qué carga. Pero cuando solo queda la estética, la desconexión es total. La raíz es rebajada a estilo y la memoria se vuelve textura.
Y por supuesto tenemos la contradicción más grande: México se emociona con lo indígena convertido en uniforme, pero sigue siendo profundamente insensible con las comunidades indígenas vivas. Se presumen calendarios, pirámides, glifos y serpientes mientras se desprecian lenguas originarias, se ignoran luchas por territorio, se folkloriza la vestimenta, se exotizan ceremonias y se trata a los pueblos vivos como si fueran un estorbo para la idea bonita de patria.
México ama al indígena convertido en símbolo, pero le cuesta mucho mirar al indígena convertido en vecino, comunidad, lengua, territorio y presente.
Además, casi siempre que en México se habla de “lo prehispánico” en realidad se habla de una versión centralizada y cómoda de lo indígena: el imaginario mexicah-tenochca. Águilas sobre nopales devorando serpientes, templos mayores diseñados para el sacrificio, guerreros jaguar, penachos enormes y Tenochtitlan como si fuera la raíz visual de todo el país.
Pero México no es solo Tenochtitlan.
Hay pueblos, lenguas, territorios y memorias vivas en Oaxaca, Chiapas, Veracruz, Sonora, Yucatán, Guerrero, la Huasteca, la Sierra, el desierto, la costa, el norte, el occidente y el sur. Hay un chingo de comunidades aún vivas que no existen para ser textura decorativa. Se reduce una diversidad enorme a una postal, como si México tuviera que verse “azteca”, mal llamado además, para ser suficientemente mexicano ante el mundo.
Y de paso, los mexicas no eran una comunidad espiritual horizontal de sabios ecológicos tomando cacao en armonía con el cosmos. Eran una potencia militar, política y tributaria que echó a andar una enorme maquinaria de poder y terror que después les jugó en contra. Dominaron pueblos, cobraron tributo, impusieron poder y fueron odiados por otros pueblos.
Me parece fascinante, incómodo y bastante revelador que nuestra identidad nacional moderna haya elegido como gran símbolo originario a un imperio derrotado, lo haya vuelto estampita sagrada y luego lo haya puesto en camisetas.
Y por supuesto, no se trata de prohibir que un uniforme use símbolos antiguos. No considero un problema que la raíz aparezca en el diseño, la moda, el deporte o la cultura popular. Pero me parece muy triste eso de usarla como decoración sin deuda. Como orgullo sin memoria.
Porque una greca no es solo una greca cuando viene de una memoria colectiva y un calendario no es solo una textura bonita. Un caracol, una serpiente, un fuego, una piedra o un glifo no son adornos flotando en el vacío. Fueron formas de entender el mundo, el tiempo, la muerte, la tierra, el cuerpo y la comunidad.
Cuando les quitamos todo eso y dejamos solo la superficie, el signo queda hueco y se convierte en nada más que mercancía. Quizá eso es lo que más revela el uniforme de la selección. Ya no es una conexión con el pasado, sino una forma bastante pi**he de simular conexión. Nos ponemos la raíz encima porque no sabemos cómo habitarla por dentro.
México no necesita dejar de usar símbolos antiguos, pero estaría buenísimo que dejara de usarlos como si fueran decoración sin responsabilidad.
Una sociedad que no sabe mirar a sus pueblos vivos no está recordando su origen, solo se está disfrazando de él.
Pero bueno, supongo que es mucho pedirle a una camiseta de fútbol que cargue con quinientos años de contradicciones.