29/08/2025
Hace muchos siglos, cuando los mexicas dominaban estas tierras, vivía una princesa llamada Iztaccíhuatl, hija de un gran tlatoani. Era tan hermosa que muchos la pretendían, pero su corazón pertenecía solo a un valiente guerrero: Popocatépetl.
Antes de casarse, Popocatépetl partió a la guerra, pues el padre de la princesa le impuso una condición: regresar victorioso para entregarle la mano de su hija.
Sin embargo, los enemigos, temiendo su fuerza, enviaron falsos mensajeros que llevaron a Iztaccíhuatl la noticia de que Popocatépetl había mu**to en batalla. La princesa, destrozada por el dolor, cayó en un sueño eterno.
Tiempo después, Popocatépetl regresó triunfante, pero al descubrir el destino de su amada, su corazón se quebró. La tomó en brazos y la llevó hasta las montañas, donde la recostó. Ahí permaneció junto a ella, velando su descanso.
Los dioses, conmovidos por su amor eterno, los convirtieron en montañas:
Iztaccíhuatl, la Mujer Dormida, yace para siempre en su sueño de amor.
Popocatépetl, la Montaña que humea, vigila incansablemente a su amada, lanzando fumarolas como antorchas de fuego para demostrar que su amor nunca se apaga.
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