01/12/2022
ISARD. 28/11/22
Siempre comparto que el Otoño es mi estación, y no puedo más que confirmarlo con la llegada de Isard, mi cuarto hijo, que al igual que Nanook, Alma y Bru ha nacido en la época en la que empieza el frío, en la que caen los primeros copos de nieve, en la que los bosques se ponen hermosos y los amaneceres son más bellos que en ningún otro momento del año.
Isard ha llegado para recordarme lo hermoso que es vivir, educar, ver crecer y compartir felicidad. Pero también ha llegado para hacerme afortunado presente del nacimiento más salvaje que he podido vivir nunca. Porque en un momento en el que no hacía nada más que sostener a Mònica, su cuerpo desnudo y sudado, su pelo en la cara y sus gritos en mis orejas, me empezaron a temblar las piernas de puro agotamiento (y nervios) y pensé que yo no estaba haciendo nada. Que no tenía derecho ni a sentirme cansado.
Y es que lo que viví la noche del Domingo yo no hubiera sido capaz de soportarlo. Durante horas una madre soportaba contracciones cada dos minutos sin ningún tipo de ayuda más que mi amor y la dedicación incondicional, generosa y respetuosa de Isabel, la matrona que nos acompañó y comprendió perfectamente lo que tenía que hacer: nada y todo.
Durante horas Mònica gritaba en ciclos que se juntaban tanto que no le daba tiempo a respirar y a tomar aire y yo tenía que recordarle que intercambiara el oxígeno, para volver a empujar. Pero después de cuatro horas, totalmente agotada y de pie, un grito final salió de su cuerpo que hizo callar a las otras tres madres que parían al mismo tiempo que ella en salas contiguas. Y vi salir la cabeza de Isard, que rompió a llorar con el cuerpo todavía dentro. Pasó algo más de un minuto hasta que mi hijo, nuestro hijo, al completo salía de dentro y pasaba a nuestros brazos, ensangrentado, llorando, mojado y dando gracias, seguramente de haber nacido de ese cuerpo que le va a dar amor infinito.
Bienvenido Isard.