10/02/2026
Ser fotógrafa es, en el fondo, un intento de detener el tiempo.
Ser inmigrante es aprender que no todo cabe en la maleta.
Vivo lejos de mi familia y, durante mucho tiempo, las fotos también se quedaron allí, en casa de mi madre, guardando historias que siguen vivas incluso sin mí. Sé de la fuerza de la fotografía y quizá por eso el miedo. Miedo de traer conmigo algo tan frágil y tan insustituible, en un camino que ya es, de por sí, inestable.
Después de siete años viviendo en Madrid, me armé de valor
y traje uno de los álbumes: uno pequeño, de papel, de esos que no viven en la nube.
Para quien vive lejos, las fotografías no son solo recuerdos.
Son prueba de pertenencia. Son hogar. Son presencia.
Y cuando perdemos a alguien que amamos, la fotografía cambia de lugar. Deja de ser solo un registro y se convierte en un encuentro. Es ahí donde la voz aún resuena, donde el gesto sigue existiendo, donde el amor encuentra una forma de permanecer.
Hoy, además de cuidar mis propias memorias, fotografío a otras familias para que sus historias también queden registradas. Para que esas imágenes crucen fronteras, lleguen a quienes están lejos y puedan compartirse con quienes no pudieron estar presentes en ese momento.
Creo que la canción tiene razón.
Casi nunca hacemos demasiadas fotos.
Solo lo entendemos cuando el tiempo pasa, la distancia crece o alguien se va.
Por eso sigo fotografiando.
Para contar historias.
Para crear puentes.
Para que la memoria siga viva, incluso cuando la vida nos separa.