14/02/2026
Hoy ha sido un día extraño, de esos que se quedan prendidos en la memoria como una astilla suave. Incluso con el vendaval de esta mañana golpeando puertas y ventanas, lo que realmente agitaba era otra cosa.
Por un lado, la tristeza. Me tocaba recoger y decir “hasta pronto” a uno de los trabajos fotográficos más intensos que he realizado hasta ahora. He liado a mis Chicas de Hierro, mis IRON MAIDEN, y me las he traído de vuelta a casa, con su padre. Mientras enrollaba cada pieza sentía esa mezcla de orgullo y orfandad que dejan las cosas cuando se apagan las luces. Una despedida que no es final, lo sé. Porque sé que volverán a desplegarse, que mis niñas volverán a erguirse y a mirar al mundo desde su hierro sensible. Pero, aun así, duele un poco. Siempre duele.
Y, sin embargo, el mismo día me ha regalado una alegría limpia, inesperada, de esas que te reconcilian con todo. Hoy hemos montado la primera exposición de muchas y muchos participantes del taller EnFocArte. He visto sus manos colocando fotografías con cuidado casi ceremonial, sus miradas buscando la alineación perfecta, sus sonrisas contenidas al ver su obra colgada en una pared que ya no es aula, sino espacio público.
He observado sus caras, ese alumnado del que aprendo cada día, y me he sentido profundamente afortunado. Afortunado de estar ahí, de acompañar procesos, de compartir dudas, silencios, hallazgos. Hoy sábado ha habido clase, sí. Y quizás una de las más importantes: aprender que la fotografía no termina en el disparo, que se completa cuando se comparte.
El montaje, como el proyecto, ha sido coral. Una docena de personas que han compartido tardes de conversación sobre cómo hacer fotos, sí… pero, sobre todo, sobre cómo mirar. Sobre detenerse. Sobre encontrar sentido donde otros solo ven ruido. Y hoy ese aprendizaje estaba ahí, colgado, respirando en las paredes.
La exposición El Verano Invisible reúne 40 fotografías agrupadas en 10 ideas, 10 pequeñas grietas por donde asomarse a un verano que no es postal ni palmera. Es el verano de verdad. El que pesa. El que se suda. El que se vive desde el puesto de trabajo, desde el portal de tu casa, desde la calle que arde a las cuatro de la tarde. Un vera