Islanders

Islanders Islanders es un proyecto creado por el fotógrafo canario Rubén Grimón.

Nace con la finalidad de dar a conocer, mediante el retrato, esas pequeñas historias anónimas de personas que viven rodeadas de mar.

Guenda Herrera Ojeda - 1976 - Artista Plástica Los últimos procesos de mi trabajo intentan acercarse a lo terrenal, al a...
05/06/2026

Guenda Herrera Ojeda - 1976 - Artista Plástica

Los últimos procesos de mi trabajo intentan acercarse a lo terrenal, al aquí y ahora. Busco en lo físico una experimentación de lo real: el aire, el agua, la tierra, el fuego… Una especie de contacto con la naturaleza, una conexión de arraigo, de convivencia, de formar parte de un engranaje, de un mecanismo, de un proceso químico, físico y energético. Encuentro una proximidad con la materia en cuanto a que somos casi lo mismo: estamos hechos de los mismos elementos y sometidos a las mismas energías. Todos en un mismo contenedor: el planeta Tierra.
Tener una visión más terrenal es ser conscientes de nuestro entorno y dar cabida a otras ideas alejadas del antropocentrismo, donde el ser humano ocupa el centro de un mundo basado en el pensamiento, en su propio bienestar, mediatizado y unilateral, siempre en su conveniencia.
Muchos objetos pasan por nuestras manos, pero ni siquiera los recordamos. Nuestro vínculo con lo material, de alguna manera, se diluye, y no somos conscientes de la capacidad que tenemos para generar residuos. Son cosas que se quedan aquí, con nosotros, para siempre…, capa sobre capa. Nunca abandonarán la Tierra. Quizá deberíamos tener más en cuenta la fisicidad de los objetos, su sostenibilidad, y reconocer su derecho a coexistir como seres del mismo planeta, evidenciando esa hermandad que nos une a todos.
Cuando estamos en un ordenador o en internet, usamos carpetas. No son de cartón, pero las llamamos así. Decimos también que los megas “pesan”. Todo eso hace referencia a lo físico en cosas imaginadas, visuales, señales eléctricas, códigos, signos… Aplicamos términos espaciales para definir ese otro lugar que también vamos llenando.
¿Será que los datos, la información y la energía se acumulan en nuestra vida igual que en los vertederos?
El Planeta es finito. No tenemos más espacio que este.
Puede que conceptualizar la realidad y los objetos nos haga olvidar su propio estado, presencia y el lugar donde cohabitan el mundo.
Hay que volver a reconectar.
¿Cuándo dejó el ser humano de estar en contacto con la naturaleza?
Sería cuando decidimos dejar de ser nómadas y empezar a levantar muros, cuando reservamos el grano en las cuevas, domesticamos a los animales y cultivamos las cosechas. Puede que fuera entonces cuando dejamos de escuchar a la naturaleza y a nuestro entorno, cuando olvidamos al chamán que conectaba con estas entidades.
O quizá fue ya en el tiempo de las cavernas, cuando pintábamos las manos, las primeras señales de “aquí estoy”, o los podomorfos, esos dibujitos de pies grabados en la piedra por los antiguos canarios y también por otras culturas, como una manera de decir: “tengo los pies en la tierra, estoy en contacto con ella”.
Veo señales de esta poética ancestral en la búsqueda del conocimiento de los antepasados, de la identidad y de la conexión con la naturaleza. No hemos cambiado tanto desde entones; no estamos tan lejos de aquel ser paleolítico.
Creo que el arte tiene una gran cualidad: te permite decidir en qué causas crees, a qué dedicas tu tiempo y en qué centras tu vida y tus acciones. De alguna manera, hay una actitud política en esa intención de salirse del sistema, en ese replanteamiento continuo de la realidad y sus leyes escritas. Es político porque decides detener esa rueda e invertir tu tiempo, tu dinero, tu energía en cosas que realmente no van a darte el rendimiento que se espera dentro de una vida capitalista como esta. Es ir un poco a las trincheras, negándote que la realidad es así siempre y que puede ser de otras maneras, expresando otras alternativas, que aún coexistiendo, puede que no sean tan populares o visibles.
Cada persona tiene una percepción de la vida y de la realidad. Algo les llega de tu obra de una manera u otra. Definir lo que estoy haciendo es casi imposible porque no tiene un solo significado o respuesta. Es poliédrico. Intento buscar un equilibrio entre lo necesario, lo mínimo, lo máximo, lo ecológico, lo básico, lo primario… Nunca he hecho arte por dinero, ni por vender obra. A partir de ahí se puede comprender mejor lo que hago. No me interesa eso, no sería libre y la libertad es la base de la vida, del arte y de todo. Poder decidir.
Creo que existe algo más del scroll del móvil y de las redes sociales. Tenemos que volver un poco al origen y revisar si algo se quedó atrás.

Isabel Quintana Rodríguez - 1967 - Alfarera / Locera. Mis comienzos fueron en la Universidad Popular; después pasé a la ...
25/02/2026

Isabel Quintana Rodríguez - 1967 - Alfarera / Locera.

Mis comienzos fueron en la Universidad Popular; después pasé a la escuela de arte e hice un ciclo de cerámica. En esa época descubrí el Centro Locero de La Atalaya, fue una conexión tremenda. Me enamoré del sitio y dije: “aquí voy a venir a trabajar yo”. Y bueno, así fue.
Al entrar al centro conocí a Gustavo, siempre le estaré agradecida por haber sido mi maestro. Él me enseñó esto, sobre todo, la conexión con la tierra. Me enseñó a respetarla y a trabajarla como debe ser. Cuando te inicias en la alfarería te unes a la tierra, al menos así lo siento yo. En ese proceso noté una transformación en mí, una mayor empatía con la naturaleza. Me siento más unida a la tierra, más cuidadora.
Hoy en día, trabajar de la manera en que yo aprendí es, en cierto modo, una lucha. Muchas personas buscan crear obras más artísticas, mientras que yo intento preservar la tradición y la cerámica popular.
Cuando imparto cursos de cerámica creativa, no me importa que cada alumno haga las obras que desee. Sin embargo, cuando trabajamos esta parte del oficio, mi propósito es mantener la tradición, aquello que elaboraban las loceras.
A veces tengo una lucha interna, que no deja de ser un reflejo de la sociedad actual: todo va demasiado deprisa y todo es de consumo inmediato. Por eso siempre les digo a mis alumnos: “ustedes primero están aprendiendo la raíz, sin prisas. Después, cuando trabajen por su cuenta, podrán explorar otras técnicas más modernas, y aun así descubrirán la cantidad de similitudes que existen entre unas y otras.”
En el salón y en la cocina de mi casa también tengo algunas de mis piezas creativas, y diferentes personas que las han visto me dicen: “Ah, entonces no eres tan radical como dices” (risas).
Yo admiro también las creaciones modernas, la modernidad me gusta. Pero lo que yo enseño es la base, la raíz. Por eso, a veces me siento un poco incomprendida cuando doy clase. En mis talleres hay cuatro grupos, y en cada uno hay 13 o 14 personas. Sé que, de esos cuatro grupos, quizá salga una o dos personas que realmente continúe por este camino. No sé quién se quedará haciendo esto, porque, por suerte, hoy en día la gente joven estudia, tienen sus carreras, y muchas veces se acercan a la cerámica como un hobby, que también está muy bien. A los que veo realmente implicados, procuro abrigarlos, acogerlos y engolosinarlos, aunque sé que no es fácil.
A mi alumnos primero los cato, porque no puedes llevar a cualquiera a un lugar donde hay una veta de barro. Antes tienes que saber qué tipo de personas son. Después los llevo a recogerlo y hay que cavar un poquito –a veces hasta metro y medio– para sacar una veta limpia. Hay que respetar a la tierra. A mí me enseñaron que, cuando se coge el barrito, se destapa la veta, pero que al marcharte, debes volver a taparla.
Lo que tiene este trabajo es que todo te lo aporta la naturaleza: las piedras, las cañas, la arena y el barro.
Para trabajar el barro necesito que tenga plasticidad. ¿Y qué significa eso? Que le eches un poquito de agua, te atrevas a mojarte las manos y a ensuciártelas, hagas un churrito y puedas enroscarlo como si fuera plastilina, sin que se parta.
Para prepararlo, primero hay que ponerlo al sol, bien extendido, para que se deshidrate. Cuando ya está seco, se empieza a machacar con piedras, con cantos rodados bonitos que tengas por ahí. Lo haces cachitos pequeños, los metes en el agua y comienzas a removerlo. Después se deja reposar unos días.
Hay una palabra que a mí me gusta utilizar: “amorosito”. Es ese barro que se deja querer, que no se te pega ni en las manos ni en los pies. Entonces lo extiendes sobre la arena y empiezas a pisarlo para que se vaya mezclando. La arena es importante porque actúa como desgrasante, ya que este barro volcánico es muy graso. Luego haces los bastos* y vas amasando un poquito cada vez que lo necesitas, añadiéndole algo más de arena. Y ahí empieza ya el levantamiento de la pieza.
La manera de construirla es mediante la técnica del urdido: vas haciendo churritos y los vas pegando sobre la base. Para retirar el excedente de barro se utiliza el devastador, que suele provenir de los anillos de hierro de los barriles de vino. En cierto modo, también ahí había un vínculo con las loceras, porque ellas conseguían ese material mediante trueque con los dueños de las bodegas: entregaban una pieza a cambio de un arito de esos barriles, con los que luego fabricaban sus herramientas.
Cuando las piezas empiezan a endurecerse un poco, se quedan buenas para trabajarlas: puedes apoyarlas sobre el muslo y sin que se deformen.
La loza engloba todo lo que se utilizó en otra época en las casas: el bernegal**, las jarras de salazón, los calderos, las ollas, las cazuelas para el vino, el tostador de castañas e incluso los juguetes. Las loceras hacían para las niñas lo mismo que ellas tenían en casa, pero en tamaños pequeñitos. Los niños han sido niños en todas las épocas y siempre han necesitado jugar.
Un día estaba haciendo piezas –tostadores de castañas, vasitos de vino– y me di cuenta de que estaba trabajando en serie. Fue entonces cuando pensé: “me parece que soy locera, porque esta es la manera en que trabajan ellas”. Nunca voy a llegar a su nivel, trabajo constantemente, pero mi ego no es tan grande como para decir que estoy a su altura. Aún así, sí puedo decir que soy una locera moderna, una locera de hoy.
Fueron mujeres que lucharon muchísimo, que pasaron miseria. Vivían en poblados dedicados a la producción de loza, como La Atalaya, Hoya Pineda, Lugarejo.
Aquella producción estaba destinada a todos los hogares, también. A los de la gente adinerada, que compraba las mejores piezas. Fabricaban y luego vendían por toda la isla, según la zona. Era gente bastante humilde.
Una vez me encontré en Hoya Pineda con una mujer ya mayor que había sido locera, y me dijo: “A mí me salieron los dientes en el barro y se me cayeron en el barro”. Esa frase dice mucho sobre lo que pasaron esas mujeres.
Hace tiempo conocí a Rafaela, hija de Julianita. Ambas habían sido loceras. Fue una experiencia preciosa. Era una mujer encantadora, muy cercana y muy cariñosa. A mí me hizo sentir orgullosa de ser colega suya. Me hizo sentir muy bien.
Los artesanos son distintos, tienen una sensibilidad especial, un apego profundo a la naturaleza, están más conectados con la tierra. Menos superficialidad, menos prisa. Es otra manera de vivir.
Cuando pongo un puesto en las ferias, mucha gente me habla de sus abuelas o de sus tías. Se me arrima mucha gente mayor, y en ellos despierta una enorme nostalgia.
Yo me quedé aquí. No puedo volver atrás. Me imagino dejando el barro y volviendo a ser ama de casa y no, no puedo. No cabe en mí abandonar esto. Ya me moriré así. Paso muchísimas horas en mi taller, es mi vida. Si alguien me busca, ya sabe que el primer sitio donde tiene que venir a mirar es aquí.

* Basto: masa o porción de barro bien amasada, compactada y preparada para ser utilizada en alfarería o cerámica.

** Bernegal: recipiente tradicional de barro cocido, típico de la loza primitiva de las Islas Canarias, utilizado para contener, refrescar y servir agua. Se caracteriza por ser una vasija de capacidad media (aprox. 10 litros), que se coloca bajo la piedra destiladera para recoger el agua filtrada.

Cristina Monge Fabón - 43 - ChefSoy mitad filipina y mitad española. Mi madre vino de Filipinas a buscarse la vida en Gr...
01/10/2025

Cristina Monge Fabón - 43 - Chef

Soy mitad filipina y mitad española. Mi madre vino de Filipinas a buscarse la vida en Gran Canaria, y aquí fue donde conoció a mi padre.
Desde pequeña he tenido un vínculo muy especial con la cocina. Mi padre es cocinero y mi madre siempre ha preparado comida filipina en casa, ¡me gustaba muchísimo!
A mi alrededor, casi todos los niños eran canarios y nosotras –mis hermanas y yo– éramos claramente las más diferentes, como muy exóticas. Mi madre solía hacernos trenzas con bolitas, teníamos la piel súper morena, aunque, estando en San Fernando que estaba lleno de extranjeros, tampoco era algo tan raro. A veces llevábamos trajes tradicionales.
No me preguntes muy bien por qué, pero recuerdo tener fotos con gorro y todo. Era súper divertido, aunque salía con cara de amargada como diciendo: “¿por qué c**o me estás poniendo esto?” (risas).
Casi siempre comíamos comida filipina, es verdad que aprendimos a comer de todo, pero lo que menos solíamos comer era comida canaria.
Desde muy joven empecé a trabajar en la cocina con mi padre. Tenía un piscolabis en Telde que todo el mundo conocía como “El Papi”, era de bocadillos, sándwiches, etc.
Recuerdo que, cuando nos tocaba ir los fines de semana con él, nos llevaba a mi hermana y a mí y nos ponía a fregar platos subidas sobre una caja de Coca-Cola. Cuando llegaba el domingo, recuerdo tener las manos arrugaditas y decirle a mi madre: “¡Cómo cuesta ganarse el dinero!” (risas).
Con el tiempo, montó un bar y estuve ayudándolo a sacarlo adelante. Por las tardes, después de clase, trabajaba en la plancha y empezaba a cocinar más platos. Los fines de semana, además, abría para los desayunos. Es muchísimo trabajo, ¿eh? Te tiene que gustar de verdad. Creo que eso lo he tenido siempre marcado a fuego. Es algo que he vivido desde pequeña. Cuando mi padre tenía la discoteca y mi madre también trabajaba, recuerdo dormir encima de las neveras…, y años después, terminé viviendo esas mismas situaciones con mis propios hijos.
De mis padres he aprendido mucho sobre cocina, pero mi tía ha sido, sin duda, quien más me ha enseñado a preparar comida asiática. Mi madre cocina muy bien, pero mi tía ha sido una figura clave, una verdadera referencia para mí. Ha estado presente en los momentos más difíciles de mi vida. De ella recuerdo muchos platos, como el pancit* o las lumpias**.
Con los años, mi madre no me dejaba estudiar cocina, que era lo que realmente me gustaba. No quería que me metiera en el mundo de la hostelería porque casi toda nuestra familia trabaja en ese sector y sabía lo sacrificado que era. Quería que tuviéramos una vida mejor. Yo me puse de cabezona, pero no hubo manera (risas).
Siempre me gustaron las bellas artes, pero no tuve la oportunidad de ir a la Universidad de La Laguna ni salir fuera. Así que opté por el bachillerato artístico. Al terminarlo, me mudé a Las Palmas a vivir con mi tía y empecé un ciclo superior de fotografía en la escuela de arte.
Después vino la etapa en Madrid, donde hice un máster de fotografía. Al terminar, como no podía permitirme quedarme allí, regresé a Las Palmas y empecé a trabajar retocando fotos, haciendo fotografía de joyería, de barcos (los típicos de Puerto Rico) y, entonces, me hundí en la miseria. Aquello no era lo mío, a mí lo que me gustaba era la fotografía artística, los desnudos. No veía que hubiera un lugar para mí en ese mundo.
Trabajé en tiendas de ropa, pero siempre tenía la cocina en la cabeza. Y, después de tener a mi primer hijo, decidí montar el restaurante “Borneo” en un centro comercial de San Fernando que estaba bastante abandonado. Abrimos allí porque era lo único que me podía permitir. El sitio no estaba nada bien, era horrible (risas). Tres cuartas partes del centro comercial estaban cerradas, solo funcionaban los almacenes.
Al principio abrí con una carta similar a la que trabajaba con mi padre: hamburguesas, sándwiches, bocadillos…, y una parte asiática que llevaba con un cocinero indonesio. Empezamos a hacer algunos platos, pero nadie los quería. Todo el mundo pedía hamburguesas y bocatas. Aún así, de esa etapa aprendí muchísimo.
Se nos ocurrió hacer una inauguración a lo grande para que la gente probase los platos asiáticos. A partir de ahí, dimos nuestros primeros pasitos. En verano nos empezó a ir muy bien, incluso recibimos reservas para Navidad. Pero el día de mi cumpleaños quemaron intencionalmente el local y tuvimos que cerrar más de un mes, aunque aprovechamos para hacer una pequeña reforma y mejoras.
Tengo muy grabada la imagen de estar preparando lumpias en una mesa mientras mis dos hijos dormían encima de las tablas de surf. Era como revivir mi infancia.
Con el tiempo, el restaurante se fue haciendo más conocido, pero a los 5 años tuve que irme porque la dueña del local quería subirme el alquiler, y lo mismo pasó con el almacén que tenía alquilado. Así que decidí mudarme a otro local por la zona de Alejandro del Castillo. Cambiamos muchas cosas: la carta, las instalaciones... El nuevo sitio era más bonito, más grande y allí empezamos a vender mucha más comida asiática.
Y entonces llegó el COVID. Todo cambió. Antes de la pandemia, la vida era otra. Tuvimos que cerrar, y fue durísimo. Es verdad que el dueño del local nos ayudó y no tuvimos que pagar el alquiler durante ese tiempo, lo cual fue un alivio, pero había mil cosas más que seguir pagando.
Decidimos abrir para ofrecer comida para llevar. Todo era un follón: las medidas higiénicas, las restricciones..., fue una locura. Trabajábamos solos, sin ver a nadie por la calle, todo el día con gel hidroalcohólico, mascarillas, guantes…, hasta que poco a poco empezamos a abrir la terraza y a recibir a los primeros clientes.
En esa época conocí a Javier Suárez, un crítico gastronómico. Vino al restaurante y escribió una crítica súper bonita. Cuando la leí se me saltaron las lágrimas. Gracias a él vino muchísima gente nueva.
El proceso de volver a abrir fue muy bonito, reencontrarse con clientes fue reconfortante. Ver que la gente seguía ahí, apoyándote, es de las cosas más bonitas que te da la hostelería. Lo agradecida que es la gente. Que alguien te diga que tus platos le recuerdan a sus vacaciones en Filipinas o Tailandia…, eso es un sueño. Estaba llenita de amor.
A los seis años cerré porque me mudé a Las Palmas. El sur de la isla había cambiado mucho; ya no había temporadas como las que había antes y la mayoría de mi clientela venía de la capital. Yo quería algo más pequeño, no tan grande, y en Las Palmas el movimiento es más céntrico.
De los platos que más orgullosa estoy son el curry de lubina y el sísig***.
Uno de los momentos más especiales en el restaurante fue cuando vino a comer el cónsul de Filipinas con un grupo de doce personas y me pidió que le preparase la comida que se hacía en mi casa. Le preparé uno de los platos que más he comido con mi familia, el adobo: un guiso con soja, ajo y laurel que se suele mezclar con pollo y cerdo. Me escribió una nota diciéndome que le había hecho recordar los sabores de su infancia, que estaban muy contentos. Incluso me invitó a ir a FITUR a representar a Filipinas en su stand. ¡Aquella visita me hizo muchísima ilusión!
Los filipinos tienen un vínculo muy fuerte con la cocina. La familia se reúne, comparten ese momento feliz alrededor de la comida. La cultura asiática es muy de compartir, de fomentar los vínculos familiares. Si vas a casa de un filipino y no te llevas comida al salir, se considera una falta de respeto.
Mi último restaurante duró un año y medio. Me quemé en muchos aspectos. Tenía un equipo humano buenísimo, trabajábamos muy bien, teníamos una clientela fiel, pero sentía que trabajaba solo para pagar trimestres, autónomos, personal, etc. Me cansé de pagar y pagar.
Estuve dándole muchas vueltas a si cerrar o no. Al final, sentía que estaba terminando una etapa en la que había vivido un sueño. Cuando has luchado tanto por algo y por fin lo vives, cuesta soltarlo.
Por esa época, me ofrecieron un puesto como chef corporativa y técnico de productos en una empresa del sector, y eso fue lo que me ayudó a dar el paso.
Ahora vivo a otro ritmo, tengo más tiempo para mí y mi familia. Todavía se me hace raro tener los fines de semana libres (risas).

* El Pancit es un plato típico de la cocina filipina, aunque se piensa que es de origen chino. El plato, muy popular en Filipinas, es muy similar al yakisoba y al yaki udon.

** Lumpiás son rollitos de origen chino similar a los rollitos de primavera fritos provenientes del Sudeste de Asia.

*** El Sísig​ es una comida filipina. Se hace con cabeza, orejas e hígado de cerdo, y es usualmente servido con chilis picantes y calamansí.

Atenea López García - 32 - Administrativa Siempre he sido una persona activa, de niña me encantaba hacer de todo. En cas...
01/09/2025

Atenea López García - 32 - Administrativa

Siempre he sido una persona activa, de niña me encantaba hacer de todo. En casa no paraba y, en el colegio, me apuntaba a todas las actividades que podía, intentando participar en todo, como una niña sin discapacidad. Supongo que era una niña feliz.
Nunca he dejado que nadie me diga si soy capaz o no de hacer algo. Siempre digo: “Déjame probar para saber si soy capaz o no”; que tú pienses que puedo o no puedo hacerlo es cosa tuya, no mía. Soy un poco testaruda (risas), al final me han dejado, siempre lo he conseguido y he puesto mi empeño para que así sea.
Nunca fui consciente de que era una niña con discapacidad. He venido a ponerme una etiqueta después, de mayor, pero yo nunca me he sentido una persona con discapacidad. Evidentemente, notaba que la gente me miraba diferente.
Sufrí una parálisis cerebral que me causó un daño neuronal y, de ahí, tengo una espasticidad muscular* que hace que mis músculos estén más rígidos de lo normal. Tengo afectadas las dos piernas y los dos brazos, pero en uno no lo noto.
Nunca me ha gustado la palabra “discapacitada”. He trabajado por quitar esa connotación y decir: “Soy una persona con discapacidad”, creo que es el término adecuado. Existe una gran diferencia porque ser discapacitada es un adjetivo que pretende describirme, pero en mi caso, la discapacidad no me define. Es simplemente una característica más, como el hecho de ser morena o rubia.
En casa yo nunca he sido tratada diferente con respecto a mi hermano. Siempre se nos ha tratado por igual. Yo no tenía un tratamiento especial por tener una discapacidad.
No ha habido distinciones, si yo quería montar en bicicleta, mis padres me compraban una bicicleta, si yo quería montar en patines, mis padres me compraban unos patines. Nunca me dijeron: “No puedes hacer esto”.
No he sido mucho de sufrir bullying, pero recuerdo un par de situaciones en el colegio un poco difíciles con algunos compañeros, sobre todo con una chica. Una niña de clase que siempre que yo pasaba a su lado me tiraba al piso. La profesora no hacía nada al respecto, entonces mi madre me dijo un día: “Si la profesora no hace nada, tú defiéndete”. Entonces un día le mordí, me quedé pegada a su brazo y, al final, me castigaron y llamaron a mi madre. Ella habló con la profesora y le dijo que, si ella no me defendía, tenía que ser yo la que lo hiciera.
Del instituto recuerdo que todos los años se hacía una gran caminata al Barranco de Los Cernícalos, los profesores siempre me preguntaban si estaba segura de ir, y yo les decía: “Mira, yo lo voy a intentar, si no lo intento no sé si voy a ser capaz”. ¡Y lo era!
En la universidad me lo pasé p**a, siempre he tenido mucha facilidad para hacer amigos. Conocí gente nueva, descubrí otro mundo, aprendí cosas totalmente diferentes, empecé a salir, a relacionarme de otra manera. Casi todos los fines de semana salía de marcha, aunque tuviera un examen el lunes (risas). Yo lo recuerdo con mucho cariño.
Mi discapacidad tiene un gran componente emocional cuando estoy pasando por un momento de estrés o nervios, me bloqueo, siento rigidez muscular y no puedo moverme.
En los últimos dos años, de los 30 a los 32, hubo un break en mi vida, una crisis existencial. Mi pareja me dejó, todo lo que había a mi alrededor se desmoronó. Ya no me notaba igual de ágil. Hizo que mi discapacidad se sintiera aún más evidente. Tuve la primera crisis al pensar que no iba a poder caminar. Mi discapacidad no es degenerativa, pero me podría atrofiar si dejara de hacer rehabilitación.
En esa época fui al traumatólogo, me encontraba muy mal físicamente, pero no lo comenté porque no quería preocupar a nadie. Fui a la consulta con mi madre y el traumatólogo me empezó a hacer preguntas, en un momento dado me dijo: “Ya sabes lo que vas a necesitar dentro de unos años, ¿no?”. Lo miré y me eché a llorar. Mi madre se quedó asombrada y le preguntó: “¿Qué va a necesitar?”. Su respuesta fue: “Un bastón”.
A veces, cuando me veo mal físicamente, me pongo a pensar que mañana me voy a quedar en una silla de ruedas, y así llega la ansiedad por no saber qué va a pasar. No quiero nada que me limite.
En medio de toda esta situación empecé a entrenar atletismo con el CD Impulso. Poco después, recibí un correo electrónico de Mariona, de Relevo Paralímpico Canarias, informándome sobre un evento de captación de deportistas que iban a realizar en Vecindario. Yo estaba en una época de buscar y hacer millones de cosas, así que me apunté. La verdad que estuvo súper guay, vi un montón de gente y aprendí muchísimo de otras personas con discapacidad. Uno de los preparadores de paratriatlón vio que tenía posibilidades y me invitó a que fuera al evento de Madrid. Al final no me seleccionaron, pero me animaron a seguir mejorando para futuras pruebas.
En el CD Impulso entrenamos dos veces en semana, dos horas cada día. Somos un club de personas con daños medulares, discapacidades físicas por malformaciones, amputaciones, accidentes... La verdad es que todos nos llevamos bien y nos apoyamos muchísimo los unos a los otros. El ambiente es increíble, con entrenadores, deportistas, familiares y voluntarios que hacen que todo funcione. Sin ellos, muchas personas no podríamos practicar deporte.
Siempre digo lo mismo: “¡No te cierres a las oportunidades sin haberlas intentado antes!”.

* La espasticidad muscular es un trastorno caracterizado por un aumento anormal del tono muscular, resultando en rigidez y contracciones involuntarias. Esta condición puede afectar la movilidad, el habla y la realización de actividades diarias. Se origina por una alteración en la comunicación entre el cerebro y los músculos, a menudo debido a lesiones cerebrales o de la médula espinal.

Rayco Marrero Rivero - 41 - ActorSoy de barrio, de Guanarteme, nací en los años 80 en la punta de abajo de la calle Lepa...
01/07/2022

Rayco Marrero Rivero - 41 - Actor

Soy de barrio, de Guanarteme, nací en los años 80 en la punta de abajo de la calle Lepanto. He visto la transformación de la playa desde la expropiación de casi toda la zona hasta las manifestaciones contra los diques. Ha habido un cambio enorme, este siempre ha sido un barrio muy humilde y, antiguamente, también era conflictivo. Llegar aquí era una odisea: las carreteras de tierra, las chabolas, el campo de cabras de mi abuela que estaba justo donde está ahora el bingo, cerca de Las Arenas, el b***o y el mono de Lorenzo (el padre de Samuel, el Boca). Todo aquello tenía su encanto.
Criarme en un barrio influyó muchísimo en mí para ser quien soy hoy. Tiene una idiosincrasia propia, unas normas no escritas, todo el mundo se conoce y se respeta. Me quedaba hasta altas horas de la noche en la plaza del Pilar y no pasaba nada. Existía una comunidad, un grupo. A muchos amigos de la infancia los he perdido, los expropiaron. Los mandaron a Costa Ayala, Jinámar, etc., pero, por suerte, aún se respira un poco de esto y a mí me encanta esa cultura de barrio.
Es verdad que a veces me siento un extranjero en mi propio barrio y eso no me gusta. Tengo la sensación de que ni siquiera soy de aquí, las cosas cambian y tienes que adaptarte, es parte de la evolución. Ya no queda otra y hay que entenderlo pero me da lástima. Veo cómo suben los precios de las casas, los alquileres y es una pena porque se pierden los orígenes de Guanarteme.
Antes las puertas estaban abiertas, era lo normal. Entrabas y salías de casa de tus amigos como si fuera la tuya propia, era supernatural.
Todos aportaban a la comunidad. Mi abuelo, por ejemplo, hizo las escaleras de la iglesia y le puso los clavos al Cristo. También hizo las escaleras del Lloret, se hacían cosas por y para el barrio. Ahora la gente intenta volver a lo de antes, a los orígenes, rescatar los valores de grupo, de hacer piña.
La suerte de ser de un barrio con playa es que en tu infancia desarrollas otros valores, la práctica de deportes como el surf y el bodyboard, el poder estar en el medio natural y no en casa delante de una pantalla, etc. Ser de Guanarteme es un privilegio, vives y respiras cosas que no puedes en otras partes de la ciudad.
Antes de estar construido el auditorio Alfredo Kraus, en los años 80, la playa estaba dividida por zonas y cada una tenía sus particularidades. Estaban Los Muelles, donde paraba gente del Batán, de Schamann. Los Muellitos, donde se ponía Jose el de Café Central, su hermano el Macarrón, Richard el Americano, Paquillo, etc. Otra zona era El Bufo, donde la mayoría era de la plaza del Pilar, Abián, Cristo el Moreno, Chacón, Nando (que en paz descanse), Guillermo el Negro. En el Pity estaban Marco y Kiko. El bar Los Pescaitos, que es donde paraba Fernando Guerra, Iván el Culogoma, Alfonso y, más tarde, Aly, Marcial y el Chispa. Y, ya por último, estaba la gente de La Barra con el Pecholata y algunos más.
Mi infancia la viví con un padre bastante conflictivo que estuvo en la cárcel y con mi madre, que tiene ese punto un poco loco. Que estuviera en la cárcel me generó muchas cosas como problemas de autoestima o conflictos continuos pero, curiosamente, todo eso me sirvió mucho para aplicarlo en el teatro.
Mi padre era un tío muy independiente que se buscaba la vida y fue lo que me enseñó. A pesar de todo, ellos me dieron una educación maravillosa. Mi madre me ha dado mucha independencia, siempre me ha animado a que fuera yo mismo. Me ha dado su sentido del humor y su maravillosa locura. Es superburletera, divertida, alegre. Es un referente en mi vida. Tenía un espectáculo en el que actuaba con ella, se llamaba Rayco +1. Hicimos ocho funciones y las llenamos todas. Tiene un desparpajo y una cara que flipas.
El otro día puse una frase en mis redes, decía simplemente “te quiero”. Mi madre nunca me lo dijo, ni ella ni mi abuela. Es verdad que son otras generaciones pero es superimportante verbalizarlo. La primera vez que se lo dije fue actuando con ella, abrazándola.
Tengo un apego muy fuerte con ella, es mi amiga pero, quizás, la figura de madre como tal la tengo en mi abuela que fue la que me cuidó durante mucho tiempo.
En 1986 me fui a Australia con mis padres, ellos querían dejar atrás problemas que habían tenido aquí y estuvimos alrededor de un año y medio. Yo volví, mis padres se quedaron y mi abuela se hizo cargo de mí.
Mi núcleo de amistades siempre me ha protegido: Rayito, Gersán, Dani, etc., me han defendido de todas mis diabluras. De pequeño siempre decían que yo estaba un poco loco y razón no les faltaba. He tenido mucha suerte porque siempre me han cuidado. Incluso, ahora de mayores, seguimos teniéndonos un especial cariño. Esta es mi suerte, la gente de aquí me aprecia y me tolera siendo tan “hijoputa” como soy. A una de mis actuaciones fue mi amigo Pancho y le contaba a su mujer y a su hija todas mis diabluras de pequeño y decía: ”es que con Rayco te meabas”. Ahora mis amigos de toda la vida van a verme al teatro.
Siempre me gustó el fútbol, jugué en la Isleta y en el Vecindario. De ahí me fui al Granada como semi profesional. Estando allí hice una formación de payaso y fue un flechazo. Me gusta mucho provocar, siempre he sido muy “porculero”, molestar a la gente. Hay una persona que me ha marcado mucho en este tema: Aly Butler. Me hablaba de lo que hacía como payaso y siempre pensaba lo mismo: “quiero ser como Aly”. Dejé definitivamente el fútbol y me centré en prepararme como payaso.
Hay una cosa muy interesante del payaso, bebe mucho de la transgresión, no entiende de normas sociales, busca todo el rato romper y darle la vuelta a todo y yo soy un poco así.
Continué formándome de payaso en Madrid. Me quedé tiempo allí trabajando, unos doce años, pero tenía unas ganas locas de volver a Canarias. Poder comer todos los días con mi abuela que para mí es lo más chachi del mundo. Quería bajar a la playa y desayunar con Morata, quería volver a escuchar el mar.
Al volver a Gran Canaria creamos una compañía de teatro entre cuatro amigos que se llama Anartistas. Lo que hace es llevar el teatro a otro lugar, trabajamos mucho la comedia y la tragicomedia. Hay una obra, “Los fantasmas de Shakespeare”, que en parte es la historia de mi vida porque hablo de que el teatro es inútil, de que estoy todo el día borracho buscando una musa, de hecho nombro a todas mis exnovias. Mis tres compañeros tienen un talento brutal, son supertrabajadores y se han sumado un poco a mi locura creando una sinergia maravillosa. Sin duda ellos son mejores actores que yo.
Siempre que vamos a actuar, justo antes de empezar, ponemos un tema de kase O que dice: “cuanto más amor das, mejor estás”. Voy por todas las mesas repitiendo esa frase y ya después te cuento mi historia, pero primero me agarro a eso.
Juanillo el Cubano, que siempre fue de mis personas, cada vez que me veía me daba un abrazo. Mi diario habla mucho de él, teníamos un vínculo especial. Ya han pasado 19 años y lo sigo teniendo presente. En el teatro se abraza mucho. Ahora, que a veces trabajo con menores, les doy clases de teatro y risoterapia. Les enseño a mirarse, es una pena porque ya casi ni nos miramos.
El apodo de Masca viene de mi abuelo que le decían el Mascahierro porque él trabajaba con hierro, Nando me puso el Masca chico y curiosamente la palabra masca significa persona, esto me lo dijo el padre de Aída Artiles. En mi formación estudié el viaje de las máscaras de Lecoq, todo empezaba a enlazarse. Un apodo que había nacido para molestar se ha convertido en todo un orgullo, primero por mi abuelo y segundo por el significado que tiene en el teatro.
El Masca sale por ejemplo cuando me emborracho y s**o lo peor de mí, lo más provocador, sarcástico, cuando sale mi álter ego. A pesar de mis zonas grises, siempre fui un tipo sensato, estudié magisterio y educación infantil. En mi trabajo soy superdisciplinado, trabajo mucho y nunca nunca he ido a una función o a un trabajo colocado. Me lo tomo muy en serio y siempre hago un trabajo de investigación, profundizo mucho. A pesar de esto no creo en el método, no creo en las escuelas.
El teatro es un lugar de encuentro donde vuelcas todos tus dramas y miserias, las pones ahí y te sanas. Es muy terapéutico. Forma parte de mí y me ha regalado el poder descubrir infinidad de cosas. He tenido la suerte de descubrir tantas cosas bonitas que me da pena cuando veo tan poca gente joven en el teatro.
La muerte de mi abuelo fue un golpe duro pero estoy tranquilo porque le di lo mejor de mí, de hecho, sus hijos siempre lo dicen, que yo al hombre le regalé mucho amor y cariño, que siempre fue mutuo. Tuve la gran suerte de vivir con él sus últimos días. Teníamos un vínculo de la ostia. Íbamos al fútbol, a pescar, me llevaba al colegio en su viejo mercedes, me compraba todos los días un donut y ahora, por último, era yo el que le llevaba un donut todos los días. Suelo encontrarme con amigos de mi abuelo por aquí y me cuentan muchas historias de él. Eso es lo que me gusta de Guanarteme, la cercanía. Y, como te digo todo esto de mi abuelo, también te digo que si de alguien estoy enamorado es de mi abuela. ¡Me han dado tanto! He tenido una familia desestructurada pero nos hemos dado mucho amor. Te lo digo de corazón, yo antes odiaba a mis padres hasta que maduré y los perdoné porque hay que ponerse en su piel y sus circunstancias. A día de hoy amo a mi madre con todas mis fuerzas, a mi padre le tengo mucho cariño y a mi abuela ni te cuento. Mi madre es mi persona, me tolera, me protege y me quiere. Tú nos ves y estamos todo el rato riéndonos. Mi madre y mi abuela son superdivertidas. A veces ensayo delante de ellas y las tías se ríen de mí por delante y por detrás.
Creo que la mayor de mis suertes es que todo lo que hago es con amor. Incluso dando clases de surf les hablo a mis alumnos de amar bien y de hacer las cosas con dulzura.
Aprendí a quererme ya de mayor. Ves mis diarios de pibe y flipas. Mi hermano y yo nos queríamos morir, literalmente. Sobre todo es superimportante amarse bien porque, a veces, soy autodestructivo, no me quiero y hago cosas que no debiera y, al final, me di cuenta de que voy a estar siempre junto a mí y tengo que aprender quererme bien, respetarme, perdonarme y abrazarme.
Todo el mundo tiene tragedias, dramas, etc. El secreto de la vida es entendernos y poder reírnos de nosotros mismos, de que somos patéticos, de nuestros complejos, de nuestras desgracias, de nuestros fracasos. Hay una frase del payaso que dice: “el éxito está en el fracaso”. ¡Hay que fracasar y equivocarse, cojones! Es la mejor manera de llegar a lo que queremos conseguir. Tenemos que aprender a amarnos y ser conscientes de que tenemos que hacer las cosas un poco mejor, colaborar, ayudar al prójimo, darnos abrazos, perdonarnos y aceptarnos. Tenemos que aprender a amarnos y ser conscientes de que tenemos que hacer las cosas un poco mejor, colaborar, ayudar al prójimo, darnos abrazos, perdonarnos y aceptarnos.
Las cosas vienen y van y aquí estamos de paso.

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