30/08/2026
Este hilo de agua visto desde lo alto del desfiladero de esta montaña, es el nuevo frente de batalla para una demagogia fácil, muy parecida a la que llevamos décadas viendo alrededor del Trasvase Tajo-Segura.
Lo que vemos es el río Sorbe, a pocos metros del azud del Pozo de los Ramos.
Pero antes de levantar banderas y repartir culpables, conviene hacer un poco de historia.
En los años cuarenta del siglo pasado, Madrid tuvo que poner los ojos en los ríos de la cuenca del Henares, especialmente en el Jarama y el Sorbe. El sistema del Lozoya ya planteaba dudas sobre su capacidad para garantizar por sí solo el abastecimiento de una población y un desarrollo urbano que, pocos años después, crecerían de forma espectacular.
Y digo Madrid, no Comunidad de Madrid, porque entonces las fronteras autonómicas que hoy utilizamos para convertir el agua en un arma política sencillamente no existían.
Tal vez deberíamos aprender algo de cómo se abordaban entonces determinadas decisiones estratégicas. Hoy demasiadas veces los intereses partidistas se colocan por delante de los intereses generales. Mientras discutimos sobre el s**o de los ángeles, cuestiones esenciales como el agua o la energía terminan envueltas en papel de propaganda para arrastrar a nuestros posibles clientes... perdón, a nuestros votantes.
La realidad es bastante más sencilla:
Guadalajara necesita agua para desarrollarse.
Madrid necesita agua para desarrollarse.
Y negar cualquiera de las dos cosas es empezar el debate haciendo trampas.
Retrocedamos ahora a los años cincuenta del siglo pasado.
El Estado estableció una reserva de 100 hectómetros cúbicos del río Sorbe destinada al abastecimiento de Madrid, dentro de una planificación hidráulica concebida para atender también otras necesidades de la cuenca.
¿Y Guadalajara?
Guadalajara también aparece en aquella planificación, de refilón, pero hay que situarse en el momento histórico. La capital había pasado de 23.508 habitantes en 1940 a 19.131 en 1950. Con una ciudad perdiendo población y unas necesidades muy inferiores a las actuales, el abastecimiento procedente de las captaciones y manantiales del entorno —Sotillo, Torija o Valdegrudas— podía parecer suficiente.
En aquella Guadalajara nadie imaginaba la ciudad que vendría después.
Pero Guadalajara despegó. Creció. Se industrializó. Multiplicó su población y su actividad económica.
Y hoy sus necesidades no tienen absolutamente nada que ver con las de 1950. La Guadalajara actual necesita garantizar agua para su población, su industria y su crecimiento futuro. Necesita el Sorbe, necesita el Bornova y necesita una planificación hidráulica seria que mire varias décadas hacia delante.
Y entonces aparece la pregunta incómoda:
¿Quién tiene prioridad sobre el agua?
Ahí está la madre del cordero.
En lugar de sentarnos Madrid, Guadalajara, Castilla-La Mancha, Confederación Hidrográfica y Estado para calcular recursos, demandas presentes, necesidades futuras e infraestructuras necesarias, sacamos las banderas de guerra y cada cual empieza a agitar la suya delante de su propia parroquia.
Unos gritan que el agua es de Guadalajara.
Otros que Madrid tiene derechos históricos.
Otros defienden el Trasvase.
Otros quieren cerrarlo.
Y mientras discutimos sobre quién es dueño del agua, olvidamos la cuestión esencial:
el agua no entiende de fronteras autonómicas; entiende de cuencas, recursos disponibles, necesidades humanas, del caudal ecológico, por eso necesita planificación.
El Tajo deriva hacia el Levante y hacia La Mancha volúmenes extraordinariamente importantes de agua. En ese sistema existen además cuantiosas pérdidas por evaporación, transporte y gestión hidráulica que también deberían formar parte del debate.
Antes de enfrentar territorios quizá deberíamos preguntarnos si estamos utilizando de la manera más eficiente posible cada hectómetro cúbico disponible.
Porque probablemente el gran debate del futuro no será Madrid contra Guadalajara, Guadalajara contra Murcia o Castilla-La Mancha contra Valencia.
Será mucho más serio:
Cómo garantizar agua suficiente para todos con unos recursos cada vez más limitados. Busquemos nuevas infraestructuras, mejoremos las existentes, reduzcamos pérdidas, reutilicemos agua cuando sea posible y planifiquemos con criterios técnicos antes que electorales.
Y, sobre todo, dejemos de convertir cada río en una frontera política y cada sequía en una oportunidad para agitar una bandera.
Porque el verdadero problema no es que Madrid necesite agua.
Ni que Guadalajara la necesite.
El verdadero problema sería que dentro de veinte años ambas la necesiten y descubramos que durante décadas estuvimos demasiado ocupados discutiendo para buscar una solución.