14/12/2019
Ella es Irene Camacho y no sé que adjetivo ponerle, más que una amiga, casi una hermana, a veces madre, a veces hija...
La vida me la puso en el camino, para aprender muchas cosas, pero sobre todo una, que para salvarle la vida a una persona, no necesariamente tiene que estar en peligro de muerte.
Leed cada una de sus palabras, donde hay verdades y realidades. En este caso la suya, la mía.
Te quiero con toda mi alma guerrera valiente❤
LO QUE NADIE CUENTA
Hubo un momento en que comencé a vomitar y dejé de dormir. Fue por mayo de 2017. Hacía un par de años que no escribía: pararme exigía un esfuerzo que mi mente pensaba que mi corazón no resistiría. El cardiólogo me había detectado un soplo y mi mundo se quedó suspendido a la espera de que mi corazón volviera a funcionar con normalidad. “Dices que tienes corazón, y sólo / lo dices porque sientes sus latidos. / Eso no es corazón..., es una máquina / que al compás que se mueve hace ruido”, dijo Bécquer. Y ese ruido cada vez era más fuerte.
Fue entonces cuando comencé a vomitar por las noches, antes de meterme en la cama. Primero vomitaba palabras, que traté de convertir en frases más o menos coherentes, aunque la coherencia era lo de menos. Mi cuerpo había comenzado a desangrarse y no podía parar la hemorragia. Había pasado tanto tiempo silenciada, que una vez que traté de abrir la boca, no pude parar. El día se convirtió en una serie de ejercicios de repetición en los que mi cuerpo buscaba la postura más cómoda para sentarme, tumbarme y evacuar todo lo que le sobraba. Ya se me habían caído los puntos que habían reconstruido mi perineo y mi ano, pero todavía me sentía abierta en canal. Por las noches, bajo la luz de la luna, echaba de menos unos brazos que me sostuvieran, un pecho que me acunara y unas manos que tomaran las mías y acariciaran cada herida de mi cuerpo. Una caricia.
Por las mañanas amanecía bañada en leche materna. La cama era una barca a la deriva en que sábanas, manta y colcha eran la mar y yo un náufrago perdido en mitad de quién sabe dónde. Lloré de hambre, incapaz de mover mis músculos, agotada del esfuerzo de dar a luz. Lloré gritando el nombre de todos mis seres queridos. No tenía miedo, no. Era otra cosa. Era la esperanza de dejar de sentir mi cuerpo, porque dolía. Y dejar de ser. La soledad del que cree que no le importa a nadie. Y el convencimiento de que si el sueño no llegaba, la locura entraría por los poros de mi cuerpo, silenciosa.
Entonces llamé a una mujer llamada Lola.
—Cuéntame un cuento, Dolores, por favor —le pedí una noche.
Y ella fue la voz de esa madre que me leía cada noche. La voz de un amor incondicional. La voz de un dios que yo no escuchaba. La voz de una diosa que me curó y me devolvió a la vida.
Lola fotografió un rostro que dijo que era el mío. Inmortalizó un cuerpo que había engordado 22,5 kilos llevando una vida dentro y afirmó que me pertenecía. Me miente, pensaba yo. Ya se dará cuenta de que esa no tiene nada que ver conmigo.
Lola dijo que aquellas fotos, algún día, mostrarían el dolor que algunas mujeres sufren cuando dejan de ser. Cuando, abandonadas, dejan de sentir para no sufrir. Cuando, silenciadas, cierran sus gargantas. Cuando, desgarradas, desoyen su alma y se desollan. Y cuando solo saben que están vivas porque sus cuerpos gimen de dolor y hasta orinar supone un esfuerzo titánico. Y dormir..., dormir un privilegio de los dioses.
La maternidad es maravillosa. La mujer se convierte en diosa y lleva a cabo el milagro de la vida en su cuerpo. Arriesga su salud, y su propia vida, por traer al mundo otra. Pero la maternidad es como la luna: tiene una cara de la que nadie habla. La oscuridad de los peligros de la noche, de las sombras de la soledad, el miedo, la desprotección, la vulnerabilidad y la desesperanza. Y si el hombre, en su paternidad, no se convierte en el guerrero que sostiene, nutre y defiende, la diosa corre el riesgo de ser solo mujer y morir.
Y si el hombre ni siquiera es hombre y huye, escapa y corre, mujer y recién nacido serán una presa fácil de la noche. Y morirán.
Yo morí y volví a nacer gracias a que los dolores de mi cuerpo me mantuvieron despierta para que, una noche, cansada de rogar y pedir, Dolores, que se llamaba Lola, cuidara de mí y me salvara.
Irene Camacho Marco
13 de diciembre de 2019
He aquí la foto que dice Lola es de mi rostro.