13/05/2026
Nos reunimos en el caño de San Miguel, que el agua fresca y la tertulia van de la mano.
Bajamos por la calle Real, pero no sin antes pecar en la churrería de Diego. Que aquí la ruta se anda con azúcar en sangre y tarjeta en la faltriquera.
Seguimos calle Real abajo hasta la plaza de las Huérfanas. De ahí, calle Valdecaballeros, la que mira para Badajoz con morriña y para abajo con desnivel.
Antes de llegar al arroyo del Pino, tiramos a la izquierda hasta la era de la Escarihuela. Allí paramos, abrimos pecho y tragamos sierra del Pimpollar. Oxígeno del bueno, de ese que no viene en bote ni paga IVA.
Daos una vuelta por la era y saludad al dolmen de las Brujas. Que si hubo aquelarre, fue con vistas y con aire de matrícula.
Descansados de la cuesta que te recuerda quién manda, giramos por el camino de los Molinos hasta el del tío Basilio. Molino con nombre, que aquí hasta las piedras tienen padrino.
Desde allí, Ruecas para arriba. Pasamos el pantano viejo, que de viejo solo tiene el nombre; el puente de los Tres Molinos, que no cobra peaje; el charco de la Caldera y el Calderín, donde el agua hierve sin fuego y el baño sigue prohibido por decreto.
Un poco más arriba, el Empeinado, donde el Barbellido y el Ruecas se dan el abrazo de primos que no se bañan.
Y ya huele a gloria: el restaurante de Manolo. Si hay mesa reservada, la hija de Manolo nos recibe como a reyes pobres: refresco en mano, cordero en el horno y la cuenta en la memoria.
Moraleja del tio Ambrosio: de Cañamero al cielo, pero pasando por el churro, la cuesta y el cordero.
Andamos dos horas para que el Ruecas nos vea sedientos y Manolo nos cobre la hazaña. Y bendita sea. A descansar, que el cuerpo ya hizo país. Y que aproveche, que la cuesta se paga en calorías.
De churro a cordero pasando por decreto. Cañamero en estado puro. ¿Repetimos, pero esta vez con bañador en la mochila por si el BOE se despista?
(A.Peloche)
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