10/04/2026
Hoy me permito una reflexión por algunas situaciones vividas con respecto a mi servicio de arte fotográfico.
El peor pecado —y uno que, además, debería estar penado por la ley— es la falta de respeto al tiempo del otro.
La falta de palabra, el incumplimiento de los compromisos y la desvalorización del trabajo ajeno son conductas que, lamentablemente, se han naturalizado hasta convertirse en una forma de vida.
Hoy parece ser el nuevo código: se promete sin intención de cumplir, se acuerda sin compromiso y se cancela sin anticipación y sin considerar el impacto en el otro.
Lo más contradictorio es cuando esto viene de personas que hablan constantemente de valores, de compromiso y de hacer las cosas “correctamente”, pero en la práctica actúan de manera muy distinta.
Hace años que me dedico a la fotografía en serio: me formé, estudié, rendí exámenes, realicé muestras propias y gestioné ajenas. Pago impuestos, monotributo, contador y la habilitación de mi estudio.
No soy ninguna improvisada ni una paracaidista que usa la fotografía para sacar plata. Mi trabajo se respeta. Mi palabra vale. Y mi tiempo, mi pasión y mi dedicación también.
Respetar el tiempo ajeno no es un detalle menor: es coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.