11/12/2025
BAILE DE MÁSCARAS
Lucía estaba emocionada. Había sido invitada a una fiesta de máscaras en una casona antigua al lado de un pantano. Sus amigas, Corina y Sofía, pasaron a recogerla. El ambiente en el auto era festivo; las risas y las canciones llenaban el aire mientras se acercaban a su destino. La luna brillaba en el cielo claro, iluminando el camino serpenteante hacia la casa.
Al llegar, el espectáculo era impresionante. La casona, cubierta de enredaderas, estaba decorada con luces tenues y un aire misterioso. Las personas, todas enmascaradas, bailaban y conversaban bajo el influjo de una música hipnótica que parecía provenir de algún lugar profundo de la casa. Lucía sintió una mezcla de emoción y nerviosismo, pero el espíritu de la fiesta la atrajo sin remedio.
Mientras se adentraban en la multitud, las tres amigas se dividieron para explorar. Lucía, intrigada, siguió a un grupo de personas que se dirigían a una habitación del fondo. Al cruzar el umbral, la atmósfera cambió drásticamente. Las risas se apagaron y la música se tornó oscura. En el centro de la habitación, un altar estaba adornado con velas y símbolos extraños.
Súbitamente, las máscaras comenzaron a caer, una tras otra, revelando rostros de personas conocidas por Lucía, pero cuyos ojos reflejaban una profundidad insospechada. Eran integrantes de un culto satánico. El pánico hizo eco en su pecho cuando reconoció a algunos de sus compañeros de escuela, mostrando sonrisas ensanchadas que no eran sino burlas veladas.
“¡Es un sacrificio!”, gritó alguien en la multitud, mientras las luces parpadeaban y el murmullo crecía como una tormenta. Lucía sintió que el tiempo se detenía. Sin pensar, comenzó a correr, buscando la salida, mientras el horror de la revelación se adentraba en su mente. Corina y Sofía la siguieron, pero la multitud se arremolinó, y Lucía se dio cuenta, aterrorizada, de que sus amigas estaban atrapadas.
Al salir de la casa, el aire fresco del pantano le dio un breve respiro. Sin embargo, el sonido de pasos en la distancia la alertó de que no estaba a salvo. Las sombras danzaban a su alrededor mientras ella se precipitaba hacia el agua turbia. Sin pensar, se deslizó entre las cañas, intentando ocultarse de los miembros del culto que la perseguían.
El pantano, aunque frío y traicionero, era su única esperanza. Dejó escapar un grito desesperado, buscando a quien pudiera escucharla. “¡Ayuda! ¡Por favor, ayuden!” La densa neblina del pantano la envolvía, haciéndola sentir como si estuviera atrapada en un sueño del que no podía despertar.
Pero justo cuando la desolación comenzaba a apoderarse de ella, un suave olor a podredumbre emergió del agua, transformando la oscuridad en un paisaje aterrador. Lucía corría por ese pantano escuchando detrás de ella... Que se estaba muriendo de frío cuando estaba a punto de darse por vencida, vio un destello de luz entre los árboles chuecos del pantano, hasta que, finalmente, logró alcanzar la senda de tierra firme. Sin mirar atrás, corrió hacia la carretera, donde la luz de un coche se acercaba. Ella levantó la mano, desesperada, y el vehículo se detuvo bruscamente. Era una planpatrulla del camino.
“¡Ayúdame! Mis amigas están en peligro”, suplicó, mientras los recuerdos del culto la asaltaban llenándola de pavor.
El oficial la llevó a la estación, donde logró contar su historia. Juntos a más policías regresaron a la casona, ahora vacía y oscura. Con la ayuda de las autoridades, rescataron a Clara y Sofía, quienes habían quedado atrapadas en la trampa del culto.
Al reunirse, las tres amigas se abrazaron, temblorosas, pero agradecidas de estar juntas. Lucía miró hacia el pantano, donde el agua aún resplandecía tímidamente, como recordándole que siempre habría una luz, incluso en los lugares más inhóspitos.
Autor: Juan Diego S. M.
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